PODEROSO APRENDIZAJE DE UNA MALA CARRERA
Cuando una «pájara» te enseña más que un récord personal
REFLEXIONESRUNNING


Si escribir es mi propósito, el running es mi afición, un pilar en mi salud física y mental que me equilibra a niveles que ni yo mismo sabría explicar con precisión.
Participo en carreras populares y, desde hace unos pocos años, me he especializado en las de media maratón, una distancia exigente en la que su mayor atractivo radica en su incertidumbre: nunca estoy seguro de que voy a conseguir terminarla. He corrido muchas y he terminado todas en el tiempo que me han dado. Pero mi objetivo es terminarlas sin caminar, esto es, corriendo los 21.097 metros que las componen, algo que lo he conseguido en todas ellas menos en tres. Por tanto, puedo decir que he conseguido el éxito, mi particular éxito, en la gran mayoría.
Pero hoy no quiero hablar de mis logros, sino de mis derrotas. En especial, de mi última derrota, la última en la que tuve que caminar, por lo que tuvo de aprendizaje para la organización, para el deporte, para la escritura y para la vida misma.
Desde el comienzo de la temporada en septiembre, no había participado en ninguna carrera y quise afrontar por primera vez un desafío muy bestia: correr dos medias maratones seguidas con un intervalo de una semana entre una y otra. ¿Y cómo se te ocurrió semejante barbaridad?, diréis. Pues porque me apunté a una de ellas, Tecnocasa Vuela contra la Violencia de Género para el 23 de noviembre, y posteriormente salió la fecha de otra que en el año anterior me había dejado un inolvidable buen sabor de boca, La Media de Guada, para el 30 del mismo mes. Así que decidí intentar correr, y terminar, ambas.
Como además de escribir trabajo y tengo una familia, mi tiempo está bastante limitado, y por eso solía entrenar por la mañana muy temprano antes de irme a la oficina. De modo que mi hijo/entrenador, que de esto sabe, me diseñó un plan de entrenamiento con la ayuda de inteligencia artificial que me ocupaba media hora cada día de lunes a sábado y hora y media o dos horas el domingo para las tiradas largas. Así, de lunes a viernes me estuve levantando a las 5:00 a.m. para entrenar media hora: lunes rodaje, martes fuerza tren inferior, miércoles series, jueves tren superior y viernes rodaje progresivo. El sábado sacaba media hora para técnica de carrera y el domingo hacía la tirada larga que tocase. Aprovecho para aclarar que hubo un error en el cálculo, pues estaba pensado para el día 30 de noviembre, no para el 23, y que el día más importante, la tirada larga de 20 kilómetros, algo pasó que no pude hacerla. Todo lo demás lo fui cumpliendo bastante bien.
Por fin llegó el día 23 y me presenté en Valdebebas para correr la media de Tecnocasa, con la idea de ir lo más suave que pudiera y terminarla en las mejores condiciones posibles, para poder correr al domingo siguiente la de Guadalajara, que era mi verdadera ilusión.
Lo que me encontré fue una prueba mucho más dura de lo que me esperaba. En Valdebebas hay muchas cuestas, algo que ya conocía, pero, además, a partir del kilómetro 13 o 14 fue todo subida durante cuatro interminables kilómetros. Y llegamos al kilómetro 18, en el que comenzó una bajada con bastante pendiente, durante dos kilómetros más, que nos machacó bastante las rodillas, justo en ese momento en el que sientes un vacío de energía tal que te planteas abandonar (me sucede en todas las pruebas de esta distancia). Con Guadalajara en mente, ya en el kilómetro 20, sintiéndome desfallecido, decidí caminar (¡fracaso!), y así fui hasta que faltaban los últimos 100 o 150 metros donde, por entrar con algo de dignidad, me puse a correr para traspasar así la línea de meta.
Entré en tiempo, sí. Había leído que la media de tiempo de los corredores en otras ocasiones era de 2 horas y 30 minutos, y yo entré en 2 horas y 22 minutos (o algo parecido). Pero en mi fuero interno yo sabía que había tenido que caminar. ¡Y en el kilómetro 20! ¡Solo faltaba un maldito kilómetro! ¿Qué era eso después de haber corrido veinte?
El caso es que me fui a mi casa, conduciendo con sensación amarga. Allí me comí un par de dátiles, pues como avituallamiento final solo me habían dado una botella de agua y una bebida isotónica, lo que me pareció muy escaso, y, al poco de ingerir los frutos, me empecé a sentir mal, con unos retortijones que me llevaron directo al WC. En resumidas cuentas, una «pájara» de libro.
Ya sintiéndome mejor, lo consulté con mi entrenador/hijo, que, como entrenador, no como hijo, me echó una bronca por haber acudido con tan poco volumen de entrenamiento para un desafío con exigente, y me hizo ver que, si quería seguir corriendo medias maratones, debía llegar más preparado. Y si no, debería abandonar esas distancias y conformarme con 10 o, como mucho, 15 kilómetros.
—Pero si en esta semana me recupero bien... ¿podré ir a Guadalajara el próximo domingo? —le pregunté al final.
—Ni de coña —me respondió, tajante.
Conclusión: había fracasado en una prueba por estar pensando en la siguiente y al final me quedé sin la siguiente, que, además, era la mejor. Porque si solo hubiera tenido en la cabeza acabar Tecnocasa la hubiera acabado bien. Me hubiera venido la «pájara» de igual modo, pero ese último kilómetro lo hubiera corrido, no lo hubiera hecho caminando. Fue un desenlace final muy amargo para un corredor popular como yo.
Y ahora viene lo bueno.
Además de haber aprendido que no merece la pena pretender correr dos medias maratones seguidas, mejor enfocarte al cien por cien en una, aquella experiencia me hizo replantearme toda mi organización diaria, semanal y mensual. Decidí cambiar mi horario de entrenamiento para hacerlo por la tarde, suprimiendo la siesta y poniéndome a escribir nada más comer con un café delante del ordenador. Ahora tengo un plan de entrenamiento que me ocupa una hora u hora y media por las tardes, y los domingos más por la tirada larga. Con lo que por la noche aprovecho a ducharme y afeitarme tranquilamente para poder levantarme a las 6:00, en vez de a las 5:00, espabilarme con una brevísima ducha de agua fría... y a la oficina.
Las consecuencias después de dos semanas utilizándolo es que duermo más y mejor, disfruto más el entrenamiento, pues tengo más tiempo y consciencia, y escribo lo mismo que antes, en tiempo y en fluidez. Parece que todo ha mejorado. ¿Algún inconveniente? Sí. Que es más fácil que surja algo que me impida entrenar. En esos casos, que hay que minimizar, pido a la IA que me recalcule el entrenamiento, y a seguir. Por tanto, el balance final del cambio es positivo.
Y todo este profundo aprendizaje se lo debo a una derrota. Doble y amarga, sí. Pero así es la vida: cuando no se gana, se aprende. Y se mejora. Esta es la idea que quería transmitir con este post: que en ocasiones, ante un aparente fracaso, lo que hay es una oportunidad de mejorar en todos los niveles. Y que está en nosotros la capacidad de aprovecharlo.
Próximo objetivo: FUENCARRAL 15/02/2026. ¡Seguimos!


