PANTEÓN DE ESPAÑA: EL SUSURRO DE LAS SOMBRAS ILUSTRES
Un recorrido por el Panteón de España entre la historia, el arte y el misterio. Un lugar donde el silencio y el orden oprimen el pecho, las esculturas funerarias rezuman vida y el claustro eriza la piel para quien sabe mirar más allá de lo aparente.
LUGARES MISTERIOSOS


Entre el Madrid de las sombras, hay un lugar tan poco reconocido como fascinante. En esta ocasión, no hablaremos de las huellas de un turbio pasado que todavía emerge, sino de una ubicación con una energía especial y sutil, pero poderosa. Acompañadme en este recorrido por el Panteón de España, antes conocido como el Panteón de los Hombres Ilustres, en pleno barrio de Pacífico, distrito Retiro.
Lo primero que percibes cuando entras por la calle Julián Gayarre, número 3, es el silencio. Un silencio que resulta antinatural, dada la zona bastante bulliciosa en que nos encontramos. Y lo segundo, es un orden extremo que alcanza hasta al jardín del exterior, como si cada arbusto, cada flor, estuviera exactamente donde tiene que estar. Ese silencio y ese orden, por inesperados, me generaron una extraña opresión en el pecho nada más cruzar el umbral.
Pero adentrémonos.
1. Un edicto para los muertos: el origen
El Panteón nació del deseo de la Reina Regente María Cristina de Habsburgo en 1891 y fue diseñado por Federico Aparici sobre las cenizas del antiguo claustro de la Basílica de Atocha. Con un estilo neobizantino, se buscaba un hogar digno para los héroes de la nación. Aunque hoy los amantes del misterio lo disfrutamos como un crisol de energías, avatares históricos e inquietud sobrenatural.
2. La quema, un destilado de la existencia
Antes de perdernos entre sus mausoleos, nos detendremos en algo que rompe la estética decimonónica: una estructura de alambres dorados que sostiene botellas de vidrio soplado. Dentro, un polvo grisáceo que emula cenizas. Cada botella lleva un nombre y una sentencia: LA QUEMA.
Se trata de la obra de Evaristo Bellotti, que nos recuerda que, bajo el mármol de tres toneladas, todos acabamos reducidos a lo mismo. En la penumbra del panteón, estas botellas parecen el inventario de un alquimista macabro que ha logrado embotellar los nombres, la ambición y el último aliento de quienes creyeron que el mármol los haría inmortales.
3-. Ríos y Rosas, el duelo patológico
Antonio Ríos y Rosas (1808–1873), jurista y uno de los políticos más elocuentes y respetados del siglo XIX en España, presidió el Congreso de los Diputados y destacó por su defensa del parlamentarismo y un liberalismo moderado pero firme.
Sus últimos días estuvieron marcados por una profunda melancolía y aislamiento, debidos a una dolorosa acumulación de desengaños políticos, fracasos personales y un desgaste físico brutal. Se decía que en sus últimos días su mirada ya no pertenecía a este mundo.
En su mausoleo nos encontramos con la escultura de una mujer que llora, que se aferra al sarcófago con una desesperación que trasciende el arte. Sus manos parecen hundirse en la piedra, como si el dolor fuera capaz de ablandar el granito, petrificada por la misma melancolía que mató a Ríos y Rosas. Es el retrato de un duelo que no sabe marchar, una figura tan real que los vigilantes nocturnos a menudo la confunden con una intrusa viva arrodillada en la oscuridad.
4. Cánovas del Castillo y la muerte que exhala
Antonio Cánovas del Castillo (1828–1897), historiador y político que ejerció como presidente del Consejo de Ministros durante gran parte del último tercio del siglo XIX, fue el gran artífice del sistema político de la Restauración borbónica en España, basado en el turno pacífico de partidos.
Fue asesinado por un anarquista en el balneario de Santa Águeda. Se dice que Cánovas presentía su fin y que el asesino lo acechó durante días, observándolo comer y dormir. Cuando llegó el momento propicio, el asesino le disparó tres tiros a bocajarro, tiñendo de sangre el periódico que Cánovas estaba leyendo.
En la escultura de su mausoleo, una figura femenina completamente amortajada que representa a la Muerte yace recostada sobre el sarcófago. Parece vigilarlo, como el anarquista había hecho durante tantas horas hasta lograr su cometido.
Dicen los que se atreven a dibujar allí en absoluto silencio que, cuando la luz de la cúpula incide directamente sobre el sudario, se puede escuchar un leve siseo, una exhalación larga y fría que proviene del propio mármol. Una muerte que respira" esperando a que alguien cometa el error de acercarse demasiado.
5. Sagasta: la custodia de su sueño eterno
Práxedes Mateo Sagasta (1825–1903) fue el carismático líder del Partido Liberal que presidió el Consejo de Ministros en múltiples ocasiones. Fue, junto a Cánovas, la otra gran columna de la Restauración, alternándose con él en el poder y destacando como un hábil estratega.
Murió por una apoplejía complicada por una bronquitis crónica y una grave insuficiencia renal. Pocas semanas antes de morir, en diciembre de 1902, se había visto obligado a dimitir de su cargo de presidente del Gobierno debido a su delicado estado de salud y a las tensiones políticas de la época.
Benlliure esculpió al político como si estuviera dormido, pero con una palidez marmórea que resulta incómoda. A los pies de la cama de piedra se encuentra una figura vigilante, alegoría de la Historia, mientras que a la cabecera se encuentra una mujer semidesnuda que simboliza la Virtud.
A los pies, la Historia dobla su cuerpo sobre un gran libro donde supuestamente se anotan los hechos del político, encorvándose para vigilar y asegurarse de que el viejo político no se levante. Es una presencia anónima y espectral que vigila un sueño que no debe ser interrumpido. A la cabecera, la Virtud, como verdad desnuda, se inclina protegiendo la cabeza de Sagasta o susurrándole al oído. Es una entidad que ha detenido el tiempo justo en el instante de la expiración del político para guiar su alma.
Debido a su condición de maestro masón de alto grado, muchos creen que el diseño del Panteón y la disposición de los cuerpos bajo la cúpula siguen un patrón masónico para canalizar energías. Como masón, creía que la muerte es solo una iniciación. Quizás no duerme, sino que está esperando a que el destino arquitectónico del Panteón se complete.
6. Canalejas: la grieta que succiona la energía
José Canalejas (1854–1912), político y jurista liberal que ocupó la presidencia del Gobierno a principios del siglo XX. Destacó por sus reformas democráticas, su intento de limitar el poder de las órdenes religiosas y su política social.
Fue asesinado a tiros mientras miraba el escaparate de la librería San Martín en la Puerta del Sol. Tras recibir los disparos, su cuerpo fue trasladado al Ministerio de la Gobernación y, debido a la crisis política, algunos ministros tuvieron que consultar decisiones urgentes frente a su cadáver aún caliente.
En la escultura de su mausoleo, varias figuras portan su cuerpo en un descenso hacia una puerta de mármol entreabierta, tras la que aparece una zona oscura e indefinida. Esa grieta negra es un punto negro energético que provoca mareos y vértigo en muchos visitantes cuando contemplan ese espacio vacío.
Pero lo más aterrador es la corriente de aire selectiva. También hay testimonios de que, en días de calma total, un aire gélido parece orbitar alrededor de este monumento, como si la puerta de piedra estuviera succionando el calor de la estancia hacia una dimensión oscura y desconocida.
7. Eduardo Dato: el caballero y la sombra oscura
Eduardo Dato (1856–1921) desempeñó la presidencia del Gobierno en tres ocasiones. Su mandato estuvo marcado por la gestión de la neutralidad española en la Primera Guerra Mundial y por impulsar las primeras leyes laborales del país.
Fue acribillado en su coche oficial justo al pasar por la Plaza de Cibeles. Los asesinos dispararon más de 50 veces desde una moto con sidecar, convirtiendo el vehículo en un colador mortal anegado de metal y sangre.
En el monumento de su mausoleo, una oscura figura femenina, envuelta en túnicas de un realismo fantasmal, sostiene a un Cristo crucificado sobre el cuerpo yacente de Dato. La oscuridad de la piedra, en contraste con el mármol blanco del sarcófago, y la forma en que la figura parece emerger del bloque elevando la cruz crean una atmósfera de juicio final que deja al espectador sin aliento.
Entre los trabajadores nocturnos, limpiadores y visitantes en días de tormenta, este mausoleo es, con diferencia, el que genera un terror más visceral y físico. Quienes custodian el lugar cuando las luces se apagan hablan de tres fenómenos imposibles:
Varios fotógrafos y visitantes afirman que, dependiendo de la hora del día y de cómo incida la luz de las vidrieras, la silueta oscura parece encogerse o expandirse. Hay testimonios de vigilantes que aseguran haber pasado a primera hora de la tarde y sentir que la figura encapuchada estaba "más erguida", como si se hubiera estirado para alzar el crucifijo aún más alto, proyectando una sombra anormalmente larga que llegaba a cubrir los mausoleos vecinos.
En las horas de máxima quietud, se ha documentado un crujido seco y sordo, similar al de una piedra sometida a una presión insoportable, como el sonido de unos huesos de piedra crujiendo bajo el peso de una maldición eterna.
Muchas personas que cometen la osadía de mirar fijamente al interior de esa capucha de mármol aseguran que la negrura parece "moverse". Dicen percibir el reflejo sutil de dos cuencas vacías o una mandíbula esquelética que te devuelve la mirada. La sensación de incomodidad es tan fuerte que la mayoría de los visitantes desvían la vista instintivamente a los pocos segundos, sintiendo un repentino dolor de cabeza o una bajada de tensión.
8. El mausoleo conjunto, un faro de libertad para los muertos
Al salir al claustro, en una esquina, nos encontramos con una columna vertical en cuya cúspide luce una alegoría de la Libertad que, siendo anterior a la de Nueva York, exhibe sobre su cabeza una corona de rayos de luz y porta una antorcha, igual que la célebre representación norteamericana. Es el mausoleo conjunto, también conocido como el monumento a la libertad.
Está dedicado a aquellos personajes ilustres que no tienen un monumento individual, pero cuyos restos reposan allí, como Agustín de Argüelles, José María Calatrava, Diego Muñoz-Torrero y, ¡atención a este nombre! Juan Álvarez Mendizábal.
La entrada tiene una puerta de madera oscura y desgastada que permanece cerrada. Al atisbar entre las rendijas, puedes vislumbrar una escalera de caracol que desciende a un subterráneo donde los cuerpos están dentro de la base de esa torre. La verticalidad del monumento actúa como una chimenea de energía que conecta los restos subterráneos con la figura de la Libertad en la cima.
9. El claustro, el eje del mundo y pasos que no son tuyos
Finalmente, el claustro. Un espacio de geometría perfecta y silencio sordo. En su centro, el crucero, el axis mundi , es un recordatorio de que, aunque el edificio sea hoy un panteón civil y político, el terreno fue originalmente el claustro de la Basílica de Nuestra Señora de Atocha. El granito de la cruz, al estar a la intemperie, suele presentar manchas de humedad o líquenes oscuros como lágrimas de óxido.
Recordemos que en una esquina del claustro, muy cerca de esa cruz, puente de la tierra con el Cielo, se encuentra el mausoleo de la Libertad, el faro para las almas perdidas donde reposan los restos de Juan Álvarez Mendizábal, el artífice de la Desamortización. Había cerrado cientos de conventos y monasterios, tantos que en el Madrid de la época, se rumoreaba que sobre él caería la maldición de los monjes expulsados. Así, resulta irónico y oscuro que sus restos reposen precisamente en el claustro de la antigua basílica, como si las sombras de los dominicos que él echó lo hubieran atrapado en su prisión de piedra.
Pero el fenómeno más reportado por los vigilantes es el de los pasos desacompasados. Al caminar por las galerías, podrías escuchar un segundo par de pasos tras de ti. Si te detienes, el sonido tardará un segundo más en callar, como si alguien, o algo, estuviera aprendiendo a caminar a tu ritmo.
El Panteón de España no es solo un monumento a la gloria política. Es un receptáculo de energías residuales que aún palpitan en la piedra. Si lo visitas, abre bien los ojos, aguza el oído... Quizá las sombras ilustres quieran susurrarte algo.


