LOS SECRETOS BAJO EL LADRILLO DE SAN PEDRO EL VIEJO

Un recorrido desde la perspectiva del misterio de una de las iglesias más antiguas de Madrid. En ella encontraremos una campana medieval que dobla a muerto en tiempos de peste, un guerrero emparedado de pie, la tumba vacía del ilustre Francisco de Vargas... y un suelo exterior que bulle de cadáveres malditos.

LEYENDASLUGARES MISTERIOSOS

David Hernández

6/6/20268 min read

Si la colina de San Andrés, esa tríada de la muerte formada por la plaza de la Paja, la capilla del Obispo y la plaza de los Carros, ya nos cautivó a los amantes del misterio, el lugar al que acudiremos hoy, también en el barrio de La Latina, no se va a quedar atrás. ¿Os acordáis de la dinastía de los Vargas en el anterior post? Hoy volverá a aparecer. Adentrémonos, pues, en las sombras de uno de los templos más antiguos de Madrid.

En la calle del Nuncio, como centinela de un tiempo con oscuridades que evitamos recordar, se alza la iglesia de San Pedro el Viejo desde el siglo XIV. Desde entonces permanece guardando algunos de los episodios más aterradores, siniestros y opresivos de la capital. Veámoslo.

I. El bronce milagroso que anticipaba la muerte

Cuando llegamos a la iglesia, es inevitable elevar la mirada. La gran torre mudéjar de San Pedro impresiona al visitante con su envergadura de siglos. Dicen que la campana original era tan descomunal que los obreros medievales fueron incapaces de izarla hasta el campanario y dejaron el inmenso bronce en el suelo de la calle al caer la noche. Al amanecer, ante el asombro de todo Madrid, la campana apareció perfectamente colocada y anclada en su ventana mudéjar, con lo que en la cultura popular arraigó la idea de que los ángeles la habían subido mientras todos dormían. Desde entonces los madrileños la conocen como la campana del milagro.

Sin embargo, su historia no iba a ser tan dulce. Al poco tiempo, su tañido fue el preludio del más espantoso horror.

En aquella época, la peste bubónica diezmó la población de la Villa, sumiendo a los vecinos en el miedo y la desesperación. El aire se vició con un nauseabundo olor a carne descompuesta, mientras las casas se iban convirtiendo en tumbas improvisadas cuyos moradores habían perecido sin extremaunción. En San Pedro, uno a uno, los campaneros fueron cayendo contagiados, hasta que la torre quedó desierta y sumida en un sepulcral silencio.

Pero un día, al llegar la medianoche, con las puertas del templo atrancadas por dentro para evitar el pillaje, la campana mayor comenzó a oscilar. No fue un repique animado o vivificante, sino un doble a muerto, rítmico y lúgubre, que aterrorizó a todos cuantos escucharon su tañido. Al amanecer, cuando los sacerdotes se atrevieron a salir de sus celdas, cruzaron la nave central hasta la puerta del campanario, que mantenía echado su cerrojo. Cuando lo descorrieron y ascendieron por la escalera de caracol, no encontraron otra cosa que las cuerdas colgando inertes. Nadie, absolutamente nadie, de carne y hueso, había ascendido por la noche a repicar.

El fenómeno volvió a repetirse durante varias noches seguidas. El doble a muerto resonaba en los pechos de los clérigos paralizados en sus jergones. Los vecinos atrapados en sus casas de la morería gritaban en la penumbra mientras sus familiares agonizaban. Ese repique continuado convirtió a la campana en un personaje espectral. ¿Quién lo hacía sonar? ¿Ángeles compasivos? ¿O las mismas ánimas de los apestados clamando por su descanso eterno?

El prodigio caló tanto que los madrileños acabaron atribuyendo a la campana poderes sobrenaturales, como desviar las tormentas y ahuyentar a los demonios. Así, el mismo objeto que en mitad de la noche les había anticipado la muerte, durante el día era el escudo capaz de contener la ira del cielo y las tenebrosas fuerzas del infierno.

II. El panteón destinado al guardián de los secretos

Ahora accedamos a su interior. Si cruzamos el umbral bajo el peso de la torre y avanzamos por la nave central, la atmósfera se vuelve más densa. El suelo actual es de una planicie perfecta, casi artificial, pero no podemos olvidar que bajo las baldosas que pisamos se extiende el antiguo cementerio parroquial. Un laberinto de criptas y bóvedas sepulcrales, hoy completamente tabicadas y selladas por motivos de salubridad, que albergan los restos de tantos olvidados que murieron entre fiebres, pestes y tormentos de la Inquisición.

Pero hay un rincón de una relevancia especial: la capilla de la Concepción, el panteón de los Vargas, donde debía descansar Francisco de Vargas el Viejo. Fue el hombre que manejó los hilos del espionaje, las finanzas y los secretos de estado durante los reinados de los Reyes Católicos y Carlos I. Encargado de los crímenes más oscuros y las intrigas más truculentas, era el hombre de negro que hacía temblar a la nobleza, pues lo sabía todo de todos. De su contrastada eficacia surgió el conocido dicho madrileño de averígüelo Vargas.

Dije debía descansar porque, como veremos a continuación, no fue eso lo que ocurrió.

Cuando en las reformas barrocas del siglo XVII se abrieron los nichos de la capilla para consolidar los restos dinásticos, los investigadores se encontraron con que la tumba de Francisco de Vargas estaba vacía. En su lugar, solo había una amalgama de huesos desordenados, mezclados y anónimos, que no correspondían a su rango. ¿Qué pasó entonces?¿Tal vez sus enemigos en vida se ensañaron con su cadáver? ¿O acaso su propia familia simuló un entierro oficial y sepultó el verdadero cadáver en un lugar desconocido?

El mayor investigador de secretos de la Villa terminó por convertirse en un perfecto misterio sin resolver, dejando tras de sí una tumba vacía que parece burlarse de nosotros en una broma macabra.

III. El guardián incorrupto tras el muro

Sin embargo, el hallazgo más perturbador de este templo no ocurrió en el suelo, sino en el espesor de sus muros. En el siglo XVI, durante unas obras barrocas destinadas a derribar un grueso tabique ciego para ampliar la sacristía en la cabecera del templo, al golpear el pico contra el ladrillo viejo, el muro cedió, revelando un nicho vertical y hermético. Dentro, sin ataúd, sin mortaja y completamente de pie, se encontraba el cadáver desecado y momificado de un hombre. Sus ropajes de alta alcurnia y su espada ceñida al cinto revelaban que había sido caballero. Alguien lo había emparedado recién muerto, o quizás vivo, para una rigidez perpetua y oculta.

Al haber quedado sellado en un cubículo hermético, sin humedad y aislado del aire, el cuerpo sufrió un proceso de momificación natural. Sus facciones y su vestimenta estaban tan bien conservadas que parecía que acababa de ser emparedado unos días antes. Durante días, fue expuesto en la iglesia, pues las autoridades esperaban que los nobles del barrio identificaran el blasón de sus ropas o el acero de su espada. Mas, quizá por el miedo a verse implicado en algún turbio asunto, solo hallaron un atronador silencio y la momia volvió a ser sepultada de forma anónima bajo el pavimento, llevándose el secreto consigo.

IV. La tortura de la talla devota y el rechazo de la tierra

La oscuridad de San Pedro el Viejo no solo proviene de sus muertos, sino de los vivos que desafiaron a lo sagrado. Durante los siglos XVI y XVII, las costanillas de la Morería, situadas justo a las espaldas de la iglesia, eran un hervidero de hechicería y cultos clandestinos. En su mayoría de origen judío o morisco, pícaros, brujas y nigromantes ofrecían sus servicios en un sincretismo salvaje entre catolicismo popular, magia árabe y ocultismo. Creían que podían aprovechar los objetos sagrados de las iglesias y la fuerza de los muertos recientemente enterrados. Por ello, rondaban San Pedro el Viejo y San Andrés para robar tierra de cementerio y huesos para sus pócimas y maleficios de muerte.

Pero el epicentro del fervor y del misterio en el interior del templo lo ocupa la imagen de Jesús de la Salud, conocida también como el Cristo de las Injurias. Este nombre evoca uno de los episodios más negros de la Villa: el sacrilegio de la calle de las Infantas en 1630, donde una comunidad criptojudía fue acusada de azotar, escupir y apuñalar con dagas la madera de la efigie en un sótano secreto. Las crónicas de la Inquisición afirman que la talla llegó a sangrar bajo los cuchillos. Cuando la imagen ultrajada fue trasladada a San Pedro el Viejo para su custodia, para el pueblo, el cristo que había sobrevivido al martirio se convirtió en el protector definitivo contra las pestes.

Pero, en la penumbra del templo, a espaldas de los clérigos, los nigromantes practicaban el arte de la oración inversa: Recitaban salmos de venganza y desvío apuntando a las cicatrices de la madera, convencidos de que si el Cristo de las Injurias había derramado sangre bajo los cuchillos de sus profanadores, sus heridas serían el canal perfecto para desatar la enfermedad y la desgracia sobre sus enemigos. El misticismo protector del barrio se retorcía así en los rincones de San Pedro, transformando los rezos de sanación en susurros de maldición.

Cuando los alguaciles atrapaban a estos sacrílegos y eran ejecutados, sus cuerpos solían terminar en las fosas comunes en la base exterior del templo, que da a la Costanilla de San Pedro. El pueblo creía firmemente que la propia tierra sagrada rechazaba los cuerpos de los sacrílegos. Decían las lenguas de la época que el suelo de aquellas fosas se agitaba, agrietándose y despidiendo un olor nauseabundo e insoportable que no cedía con el incienso, obligando a los sacerdotes a tabicar y sellar esos nichos para siempre con gruesas capas de cal por miedo a que la podredumbre moral del demonio brotara a la superficie. Un pavimento que, según las crónicas de la época, nunca llegaba a asentarse.

Muchos hablan de que, en el silencio de la madrugada, en esta zona se pueden escuchar ruidos sordos y rítmicos a ras de suelo, como si alguien golpeara la piedra desde abajo intentando salir. También, quienes han pasado de noche junto a los muros exteriores de la torre, afirman haber escuchado hilos de voz, rezos distorsionados y lamentos ahogados, como salmos inconexos o frases en lenguas extrañas, lo que el pueblo asociaba a los rituales criptojudíos o moriscos de los profanadores originales.

V. Ecos en la penumbra actual

Hoy en día, la base de la torre de San Pedro es famosa por provocar anomalías electromagnéticas severas. Quienes han intentado realizar mediciones de campo o grabaciones de psicofonías en esa esquina del templo reportan que las baterías de los dispositivos se descargan en cuestión de minutos sin causa aparente y que los sensores sufren picos de actividad brutales, acompañados de una bajada de temperatura radical que deja una sensación de humedad pegajosa en la piel.

Los transeúntes nocturnos de la calle del Nuncio a menudo aseguran que, de madrugada, cuando el templo está sumido en la más estricta oscuridad, extrañas luminarias y destellos parpadean en los vanos más altos de la torre, allí donde la campana dobló sola durante la peste. Otros afirman haber visto una silueta asomada al vacío, como un eterno campanero fantasma que vigila los tejados.

En la sacristía y la capilla de los Vargas, quienes han permanecido entre sus muros a última hora hablan de una pesadez en el aire que dificulta la respiración. Se reportan sutiles alteraciones térmicas: un frío glacial que brota del suelo del panteón vacío incluso en mitad del verano madrileño, acompañado por el eco lejano de pisadas arrastradas e hilos de voz que parecen filtrarse, muy tenuemente, desde el interior de los muros de la sacristía.

Hemos llegado al final de nuestra visita. Cuando paseéis por La Latina y lleguéis a la iglesia de San Pedro el Viejo, recordad toda su historia. Mirad el campanario mudéjar, ligeramente inclinado dado el paso de los años y tratad de imaginar esa campana milagrosa doblando a muerto en las noches de la peste. Recordad la maravillosa casualidad histórica de que este templo llamado El Viejo, para diferenciarlo de San Pedro el Real que se construyó después, estaba destinado a ser la última morada de otro Viejo, Francisco de Vargas, reconocido así para diferenciarlo de su hijo y que, en una brutal ironía macabra, no fue así. Contemplad el suelo bajo cuyas baldosas hay un sinfín laberíntico de criptas y osarios y mirad a la izquierda del altar para recordar que en la ubicación de la sacristía hubo un muro con un misterioso vigilante momificado. Y que, bajo el suelo exterior próximo a la torre, el pavimento quizá guarde los ecos de almas atormentadas que aún pugnan por emerger a la superficie.

davidhernandez.misengendros@gmail.com