LAS SOMBRAS DEL HORROR EN SAN GINÉS

La iglesia de San Ginés es un lugar de fe, culto y oración. Pero también un lugar donde las sombras del paso de los siglos dejaron su huella en el misterio. La sombra de un decapitado que vaga en su pórtico, una campana que presagia la desgracia y murmullos en latín junto a un cuadro del Greco son algunas de sus historias.

LEYENDASLUGARES MISTERIOSOS

2/20/20265 min read

Bajo el asfalto de la calle Arenal late un corazón de piedra y hueso. La Iglesia de San Ginés de Arlés no es solo un templo; es un sumidero de sombras acumuladas desde el siglo XII. No en vano, se trata de una de las nueve parroquias originales de Madrid tras la Reconquista. Al ser una de las más antiguas, es un receptáculo de las energías acumuladas por el tiempo, un lugar donde el suelo que pisas es un techo para los cientos de enterramientos allí producidos.

1. El centinela sin cabeza

Para entender cómo anidó el horror en San Ginés, debemos remontarnos al Madrid medieval, una red de callejones en la que las trifulcas y escaramuzas sangrientas eran el pan de cada día. En 1353, un grupo de saqueadores berberiscos que buscaban el oro de las cofradías irrumpió en el templo, pero los bandidos se toparon con un anciano, cuya fe fue más fuerte que su instinto de supervivencia, que les hizo frente para evitar la profanación.

Los saqueadores, enfurecidos, lo redujeron con violencia y lo arrastraron hasta la capilla de la Virgen de los Remedios para decapitarlo. Antes de escapar con el botín, dejaron el cuerpo desparramado en las gradas del altar, con su sangre coagulándose en el frío mármol del templo, y la cabeza, en una ofrenda sacrílega, a los pies de la imagen de la Virgen. Para colmo de la desgracia, el rey Pedro I, apodado El Cruel, en su afán por impartir justicia rápida, culpó a dos hombres inocentes y los hizo ejecutar lanzándolos por un barranco cercano.

Pero días después, el horror cambió de bando. Una figura sin cabeza vestida con túnica, rodeada de una fría luminiscencia, comenzó a aparecer en el pórtico. Este espectro se apareció ante el párroco y varios testigos y, con una voz gutural que parecía provenir del mismo cuello seccionado, dictó los nombres y el paradero de los verdaderos asesinos. Poco después, bajo las órdenes del rey, los alguaciles los detuvieron y ajusticiaron de la misma manera que habían hecho antes con los dos inocentes, esto es, despeñándolos por el barranco de la Zarza, que se situaba próximo a la actual calle Arenal.

Sin embargo, tras la justa condena, el Decapitado no se marchó. Se dice que en las noches donde la niebla sube desde el Manzanares, la silueta sin rostro vuelve al pórtico de la iglesia. Es el centinela eterno del umbral que permanece custodiando el lugar, y cuentan que si te cruzas con él, evita buscar con la mirada el vacío entre sus hombros, pues en ese hueco negro se proyecta tu propia muerte.

2. El latín de los muertos junto al cuadro del Greco

Dentro de la iglesia existe una capilla dedicada a El Greco custodiando su obra La expulsión de los mercaderes del templo. Se dice que la pintura es mucho más que una obra de arte: es una verdadera antena para las energías del otro mundo.

San Ginés se asienta sobre siglos de enterramientos. Bajo la nave central yacen los restos de la antigua Cofradía de las Ánimas del Purgatorio, cuyo oficio era rezar por los difuntos olvidados. Quizás por eso, cerca del cuadro del Greco, se siente como un aliento gélido sin aparente explicación.

Pero lo más perturbador es el sonido. Se oyen voces, susurros. No son palabras claras, sino un murmullo en latín antiguo, mal articulado, como si las bocas de quienes no están ya entre nosotros intentaran recordar cómo rezar, como una súplica desesperada de quienes saben que nunca saldrán de debajo de las losas... Mientras, en la pintura, los mercaderes parecen retorcerse de angustia, y uno se pregunta si no quedaron atrapadas algunas almas atormentadas en el lienzo.

3. El bronce fatídico que presagia la desgracia

Llegamos al misterio más documentado y, por tanto, más aterrador. La campana mayor de San Ginés no responde siempre a manos humanas. Durante los siglos XVI al XVIII, Madrid aprendió a temer su sonido fuera de hora.

Había tres momentos en los que el bronce tañía solo, impulsado por una fuerza que los cronistas de la época llamaban simplemente «el aire»:

  1. El óbito real: Se decía que la campana "sentía" la muerte de los Reyes antes incluso de que los mensajeros llegaran al Alcázar. Los cronistas de la Villa murmuraban que el bronce de San Ginés tenía un pacto de sangre con los Austrias. Cuando la muerte se llevó a Felipe IV o al desdichado Carlos II, su tañido cruzó la calle Arenal como un lamento invisible, antes de que en el Real Alcázar de Madrid los médicos palidecieran y los cortesanos empezaran a vestir de negro.

  2. El aviso de la catástrofe:

    • Pero la campana de San Ginés tuvo su actuación más aterradora la Nochebuena de 1734. Horas antes de que comenzara el incendio que redujo el Real Alcázar a cenizas, la campana dio tres toques secos y profundos. No había viento, ni sacristán en la torre. Fue el aviso de que el viejo mundo medieval de Madrid estaba a punto de arder.

    • Durante los siglos XVII y XVIII, las riadas que se produjeron por el desbordamiento del río Manzanares se cobraron decenas de vidas en los barrios bajos. Así, cuando el bronce de San Ginés comenzaba su zumbido sordo y vibrante, los vecinos de Madrid, iniciaban un éxodo desde las riberas a las zonas más altas de la ciudad, tratando de evitar la catástrofe que, a buen seguro, se les venía encima.

  3. La medianoche de San Juan: En el Madrid antiguo se evitaba pasar por delante de San Ginés en esa madrugada. Existía la creencia de que «el aire» que salía de la torre cuando la campana tañía sola esa noche era venenoso para el alma. Se decía que la campana no sonaba por el viento ni por el azar, sino porque las manos descarnadas de los miembros de la Cofradía de las Ánimas tiraban de las cuerdas desde el subsuelo. Los pocos transeúntes que osaban pasar por allí afirmaban ver las vidrieras iluminadas, como si miles de cirios se hubieran encendido de golpe. También escuchaban un canto gregoriano distorsionado, como si en la iglesia se celebrara una misa por y para las ánimas del Purgatorio.

Aunque las mentes racionales explican el fenómeno de los sonidos de la campana mayor por las corrientes de aire frío que bajan de la Sierra de Guadarrama y mueven el badajo, los obreros que restauraron el templo tras los incendios del siglo XIX afirmaron algo completamente distinto: el metal de la campana estaba siempre caliente al tacto, como cuando ha sido recientemente golpeado por manos invisibles.

Así que, ya sabes. La próxima vez que pasees por Arenal, detente un momento en San Ginés. Mira su fachada, su pórtico, con la inscripción que acredita el bautismo de Lope de Vega y Quevedo. Imagina por entre sus sombras al centinela decapitado y, con el debido respeto, entra y contempla La expulsión de los mercaderes del templo. Yo estuve y, aunque no escuché susurros en latín, es cierto que sentí como una extraña corriente de aire frío. Ah, y si al salir escuchas el tañido de su campana fuera de las horas de misa, apresúrate y aléjate de allí, no vaya a tratarse de un nuevo presagio funesto. Porque ya sabes que la campana de San Ginés nunca miente.