LA TRÍADA DE LA MUERTE EN LA LATINA
Comenzamos en la plaza de la Paja, regada con sangre desde sus orígenes. Seguiremos por la iglesia de San Andrés, con la capilla del Obispo y sus criptas profanadas, y concluiremos en la plaza de los Carros, con sus carretas mortuorias de la peste y su agua contaminada... para volver a la plaza de la Paja, como si la muerte siempre retornase allí. Un tabernero homicida y un verdugo con remordimientos acabarán quitándose la vida, y un espectro sin rostro ejecutado por la Inquisición en la plaza de la Cruz Verde hará nuestro mismo recorrido.
LEYENDASLUGARES MISTERIOSOS


Dentro del Madrid de las sombras, pocos lugares me han impactando tanto como la historia que alberga el espacio inclinado que conecta la plaza de la Paja, la plaza de los Carros y la iglesia de San Andrés. Allí, pisas un suelo saturado donde la Villa vertía sus peores miserias, sus delirios de fanatismo y sus cosechas de cadáveres.
Acompáñame en este recorrido sobre un suelo ya maldito desde los tiempos medievales. Lee con atención porque estás a punto de desenterrar los secretos de una tierra que durante siglos se alimentó de la sangre y donde la Muerte, como un personaje más, decidió anidar en su recinto.
I. Plaza de la Paja, el centro de gravedad de la muerte
Siglo XIV: el suelo regado con sangre
Nuestra crónica comienza en la Edad Media, siglo XIV, cuando este rincón de la cara occidental de Madrid se consolidó como el centro neurálgico del poder cristiano. Sin embargo, la propia fisonomía del terreno escondía una condena higiénica y moral, ya que, al estar dispuesta en una pronunciada pendiente, la plaza de la Paja se convirtió en el desagüe natural de la zona alta de la Villa.
Toda la inmundicia, las aguas corrompidas y las pringosas riadas de sangre procedentes de los mataderos clandestinos, en los que ganaderos y carniceros sacrificaban reses con el objetivo de eludir los impuestos y controles sanitarios de la época, descendían por gravedad, lamiendo los muros de las casonas nobles hasta estancarse en la zona baja.
Sótanos de torturas y enterramientos
Bajo los sótanos de estos palacios medievales, los señores feudales excavaron una red de pasadizos y pozos ciegos, en principio para almacenar armas y grano, pero veremos que sirvieron a fines más oscuros:
El palacio de los Lasso de Castilla contaba con inmensas galerías subterráneas que conectaban con otras zonas de la Villa. Se cuenta que sus mazmorras privadas sepultaban a criados, rivales y prisioneros cuyos lamentos se extinguieron ahogados en piedra.
El palacio de los Vargas estaba comunicado directamente por el subsuelo con la iglesia de San Andrés a través de criptas familiares y pasadizos privados. Esos sótanos eran el nexo de unión donde el poder civil de la familia se mezclaba con el subsuelo sacro de los enterramientos.
La capilla del Obispo en San Andrés
La custodia del santo incorrupto
Con la llegada del siglo XVI, la plaza sufrió una mutación arquitectónica que sellaría su identidad sagrada. Adosada a la fisonomía de la iglesia de San Andrés, los Vargas construyeron la capilla del Obispo de Plasencia, joya del gótico tardío, con el propósito de custodiar los restos de San Isidro Labrador, quien fue sirviente en vida de los antepasados de su linaje. El santo patrón atraía a reyes, nobles y plebeyos que acudían a besar su cuerpo incorrupto en busca del milagro en sus vidas.
Cuando mandaron construir la Capilla, los Vargas tenían la firme intención de quedarse con el cuerpo del santo, pero hubo un pleito descomunal con la iglesia de San Andrés, que finalmente ganó, quedándose la noble familia sin la reliquia. Durante siglos, se rumoreó que los Vargas habían ocultado un cadáver, a modo de falso san Isidro, en una cripta secreta y tapiada bajo el altar mayor, para hacer creer a ciertos visitantes ilustres que el verdadero santo seguía allí.
Un espectro sin rostro
Del siglo XVIII data la leyenda del penitente fantasma de San Andrés, también conocida como el espectro sin rostro. La plaza era el paso obligado de las procesiones de los penitenciados que el Santo Oficio conducía hacia el suplicio de la Cruz Verde, que ya vimos en un post anterior. Se asegura que en las noches de niebla cerrada, una silueta encorvada, con un sambenito deshilachado, quemado por los bordes y manchado de hollín, atraviesa la pendiente con un sonido de arrastre metálico y rítmico, como de grilletes golpeando los guijarros del suelo. Quienes afirman haberla cruzado juran que, al intentar mirar bajo el capuchón del sambenito, solo encuentran una oquedad negra y absoluta, como la expresión de un hombre a quien la historia, la Inquisición y el destino le hubieran borrado hasta el rostro.
La tertulia de los cadáveres exhumados
Ya en 1936, con el estallido de la Guerra Civil, la iglesia de San Andrés fue pasto de las llamas. Aunque la Capilla del Obispo se salvó del fuego, no se libró del asalto de un grupo de milicianos, quienes forzaron las puertas, descendieron a las criptas, destrozaron los sepulcros de alabastro y sacaron los cuerpos momificados de los aristócratas, entre ellos los Vargas y el mismo obispo de Plasencia.
Los asaltantes arrastraron los cuerpos rígidos del siglo XVI hasta la mismísima plaza de la Paja, los vistieron con ropas de calle de los años 30 y los colocaron sentados en los bancos públicos, bajo las farolas, simulando una macabra tertulia nocturna. Los residentes del barrio se despertaron al amanecer con el nauseabundo olor a cripta profanada y los cadáveres dispuestos en aquella tétrica composición de transeúntes con cuencas vacías y mandíbulas descarnadas.
Plaza de los Carros: cuando la muerte da nombre al lugar
Las carretas mortuorias de la peste
El siglo XVII sepultó a Madrid en sus años más oscuros. Sucesivas epidemias de peste bubónica y fiebres diezmaron a la población, cebándose con violencia en las callejuelas insalubres del barrio de San Andrés, hoy La Latina. Los hospitales e iglesias de la zona colapsaron en cuestión de semanas Fue entonces cuando la plaza de los Carros adquirió su verdadero y fúnebre bautismo.
Aunque la historia oficial endulza el origen de su nombre aludiendo a los carros de forraje, la dura realidad fue que, durante los meses de mortandad, la plaza se transformó en el punto de triaje y acumulación de cadáveres de las clases más humildes. Las carretas de la muerte recorrían los callejones de madrugada, recogiendo los cuerpos abandonados en los portales y se amontonaban en mitad de la plaza, cargados hasta los topes de carne en descomposición cubierta con mantas sucias y harapos infectados. El hedor era tan denso y letal que los vecinos tapiaban sus ventanas con cera y quemaban romero en las esquinas en un intento desesperado por no respirar aquella miasma.
La desesperación absoluta hizo que los enterramientos fueran sin miramientos. Los encargados de recoger los cadáveres de la plaza de los Carros no eran funcionarios públicos ni enterradores de la Iglesia, sino presos de las cárceles, galeotes o vagabundos, conocidos como monos o ganapanes de la muerte, a quienes se les prometía la libertad, si es que vivían para contarlo, a cambio de realizar aquella labor, tan inmunda como necesaria.
Aunque el derecho canónico exigía que todo buen cristiano recibiera la extremaunción, fuera registrado en los libros de difuntos de la parroquia y enterrado en suelo sagrado con su debida mortaja, la realidad impuso que, al amparo de la noche, los cadáveres fueran arrojados en masa, sin registros ni rezos, a los sótanos abandonados y a los antiguos pozos de agua de la plaza, siendo cubiertos apresuradamente con capas de cal viva.
El tabernero homicida
A medida que el siglo XVIII avanzaba, el subsuelo siguió cobrándose vidas, esta vez a través de las fuentes de agua pública.
Las habladurías de la época recogen la historia de un tabernero que, obsesionado con el posible embargo de su negocio y la consiguiente ruina, tomó la decisión de matar a su mujer y a su hija de corta edad mientras dormían en la trastienda de la bodega, para liberarlas de una vida de miseria entre los callejones de la Villa. Tras cometer el crimen, presa del pánico o del remordimiento, bajó a lo más profundo del sótano de la taberna, donde había un pozo de agua que conectaba con los canales subterráneos de la plaza y allí se arrojó. Cuando los alguaciles entraron al local alertados por los vecinos, que llevaban dos días sin ver abrir la taberna, encontraron la dantesca escena y, al descender a las bodegas siguiendo el olor, hallaron el cuerpo del tabernero flotando en las profundidades del pozo.
Pero la historia no acaba aquí. Durante décadas, los clientes de las tabernas colindantes comentaban que el agua de los pozos de esa manzana mantenía un regusto amargo y metálico. Y en las noches de tormenta, los serenos evitaban pasar junto al portón cerrado de aquella casa, asegurando que desde las rejillas del sótano que daban a la calle se escuchaba el lamento sordo de una mujer y el llanto ahogado de una niña.
El verdugo remordido
No fue la única tragedia de la época. La plaza, por su amplitud, se utilizaba para aplicar castigos públicos menores y exhibir la picota. Uno de los verdugos oficiales de la Villa, un hombre atormentado por los remordimientos tras haber ejecutado a un adolescente que años después se demostró inocente, perdió la razón en este mismo espacio. En un estallido de culpa, arrojó sus herramientas de tortura al suelo de la plaza de los Carros, rodeó San Andrés y, como si desde allí el espectro sin rostro le guiase, llegó a la plaza de la Paja para quitarse la vida colgándose de uno de los balcones de madera que daban al recinto.
Siglo XXI: la memoria de la piedra
Hemos seguido un recorrido que comienza y termina en la plaza de la Paja. Los cadáveres profanados de las criptas de San Andrés y el verdugo que no pudo superar su remordimiento terminaron aquí. Es como si la plaza alimentada por la sangre y las vísceras de los animales sacrificados en la Edad Media tuviese desde entonces una fuerza atractiva para la Muerte misma.
Hoy en día, esta tríada camufla sus heridas bajo sombrillas, risas y el ruido del Madrid moderno. Sin embargo, cuando los grifos de cerveza se cierran y la madrugada limpia el recinto, su verdadero carácter emerge desde la piedra.
Si eres un verdadero cazador de sombras, estos son los ecos del pasado que deberías encontrar. Fíjate en que los testimonios de quienes habitan los portales antiguos de las plazas de San Andrés y los Carros coinciden en tres fenómenos recurrentes:
Los arañazos de la madera vieja: Si te acercas a la enorme puerta de la Capilla del Obispo de madrugada y pegas el oído a las hendiduras de la madera, notarás que del interior proviene un crujido seco, rítmico y desesperado. Dicen que las almas profanadas de los Vargas siguen arañando el reverso de la puerta, buscando el descanso que les fue robado en 1936.
Las cadenas del penitente: En las noches de tormenta, cuando el viento ruge entre las cubiertas de San Andrés, los vecinos de la plaza de los Carros aseguran escuchar el arrastre metálico de unos grilletes pesados contra el suelo, acompañado de un lamento ahogado que desciende de las alturas de los viejos balcones.
El viento de cal viva: En la parte baja de la pendiente de la plaza de la Paja, la temperatura sufre caídas inexplicables de hasta seis grados. El aire se vuelve de golpe seco, alcalino y pesado, desprendiendo un aroma que recuerda inequívocamente a la cal y a la tierra removida. Los animales se niegan en redondo a pisar esa zona del pavimento cuando el sol se ha ocultado.
Presta atención. Abre bien los ojos, aguza el oído... no vaya el espectro sin rostro a conducirte a la morada de los muertos.


