LA CALLE DE LA CABEZA: LEYENDA MACABRA Y MAZMORRAS DE LA INQUISICIÓN

La leyenda singular que da nombre a la calle y las mazmorras de la cárcel para clérigos dan lugar a dos sucesos separados en el tiempo, uno legendario y otro real, ambos con un sacerdote como víctima.

LEYENDASLUGARES MISTERIOSOS

David Hernández

12/20/20254 min read

Bajo las terrazas de moda y el bullicio multicultural de Lavapiés, existen capas de siglos de historia sobre los que se ha construido el barro tal y como lo conocemos. Hoy nos iremos a la calle de la Cabeza.

En primer lugar, quiero que disfrutéis conociendo la macabra leyenda de la segunda mitad del siglo XVI que da nombre a esta calle. Un criado mató a su amo, sacerdote, y huyó con su fortuna. Años después regresó a Madrid. Un día acudió al Rastro para comprar una cabeza de carnero para comer. Aquí debemos anotar que el Rastro no era como lo conocemos hoy, sino una especie de mercado próximo al matadero de la Villa cuyo nombre, rastro, alude al rastro de sangre que dejaban las reses sacrificadas.

Fue precisamente este rastro lo que permitió incriminar al hombre. Volvía a su casa con la pieza goteando sangre cuando un alguacil, al verlo, sospechó y le hizo abrir la bolsa. De manera milagrosa, la cabeza de carnero se había transformado en la cabeza del sacerdote asesinado años antes y el asesino fue ajusticiado, según algunas versiones, en la Plaza Mayor.

No está mal para empezar, ¿verdad? La calle exhibe una placa conmemorativa de la leyenda bastante perturbadora, con la cabeza del sacerdote sobre un plato y la del carnero al lado con gotas de sangre que le caen desde el cuello.

Pero ahora viene el plato fuerte. Paseamos por esta calle legendaria y nos detenemos en el número 14. A simple vista, vemos que se trata del Centro Municipal de Mayores Antón Martín, un lugar de encuentro vecinal. Sin embargo, en sus entrañas se conserva uno de los vestigios más sombríos de nuestro pasado: las mazmorras de la Cárcel de la Corona.

Durante los siglos XVII y XVIII, no todos los presos eran iguales ante la ley. Los clérigos, monjes y frailes que cometían delitos, desde faltas canónicas hasta crímenes de sangre, no podían ser mezclados con las demás gentes populares en las cárceles comunes. Para ellos existían recintos especiales bajo la jurisdicción eclesiástica de la Inquisición, como la cárcel que nos ocupa.

Hasta allí me fui y, venciendo la vergüenza, me atreví a preguntar por las mazmorras. Gracias a la amabilidad del personal, me permitieron descender por unas angostas escaleras de piedra hasta esos terribles calabozos, que se conservan con espero como un pequeño museo de la historia negra de nuestro país. Al bajar, el ruido del tráfico desaparece y se nota más frío. Los pasillos de ladrillo visto y las celdas todas iguales, estrechas y juntas unas con otras, transmiten una sensación opresiva.

Entre los muchos lamentos que habrán escuchado esas paredes durante siglos, hay un suceso ocurrido durante el Trienio Liberal que destaca por su crudeza: el asesinato a martillazos de Matías Vinuesa, conocido como «el Cura de Tamajón».

Vinuesa no era un clérigo cualquiera; era el capellán de honor del rey Fernando VII y un ferviente absolutista. Fue detenido tras descubrirse una conspiración para derrocar al gobierno liberal y recluido en estas mismas mazmorras de la calle de la Cabeza.

Sin embargo, el pueblo de Madrid no estaba dispuesto a esperar una sentencia judicial que temían fuera demasiado leve para un protegido del Rey. De manera que el 4 de mayo de 1821, una multitud enfurecida rodeó el edificio. Armados con picos, palos y herramientas, los manifestantes forzaron la entrada de la cárcel. Los guardias, superados en número, no detuvieron el avance de la turba por los estrechos pasillos del sótano.

Los asaltantes llegaron hasta la celda de Vinuesa y se abalanzaron sobre él. Según refieren la historia oficial y las crónicas de la época, el sacerdote fue asesinado a martillazos en el suelo de su celda, en un acto de justicia popular que conmocionó a la corte y marcó un punto de no retorno en la violencia política de la España del siglo XIX. Se dice que las manchas de sangre de Vinuesa fueron visibles en el suelo de piedra durante décadas, resistiéndose a ser borradas.

Hoy, pese a la labor social encomiable del Centro de Mayores, las mazmorras, con sus techos abovedados y su piedra original, son un recordatorio de otros tiempos oscuros y brutales. Basta con quedarse unos instantes a solas ahí abajo, lejos de la luz del sol, para comprender que hay lugares donde el pasado de fe, castigo y violencia nunca termina de marcharse del todo. De hecho, hoy los empleados públicos me cuentan que, tras una «limpieza energética» que hizo una usuaria del centro de mayores, se empezaron a sentir en los sótanos extraños fenómenos, como si hubiera alguien allí. Olores desagradables a podredumbre e incluso hay quien dice haber visto una figura «como de monje» entre sus muros. Los empleados no trabajan con miedo, pero me recalcan que nunca harían una grabación ahí abajo.

¿Te atreverías a bajar a este subsuelo, lector?