FELICES 48, AMOR
Participación en el concurso RELATO 48 HORAS el 26/04/2026 con la frase elegida «El problema no era el número 48, sino que aparecía escrito dentro de todos los espejos». Había que escribirlo desde las 12:00 del viernes 24 hasta las 12:00 del domingo 26 de abril.
NARRACIONES


FELICES 48, AMOR
—A estas alturas, señora, no sirve de nada negar los hechos —dijo el inspector Juan Ignacio Cózar, hombre corpulento de 52 años, con escaso pelo castaño y rizado, que interrogaba a Sara Román, mujer de mediana edad, delgada, con ojos y media melena negros, vestida con chaqueta y falda oscuros—. Tan solo intentamos comprender por qué lo hizo.
El interrogatorio se estaba oficiando en un despacho de paredes amarillentas que pedían a gritos una mano de pintura, con una mesa gris básica de oficina sobre la que reposaba un ordenador de sobremesa con su pantalla, negros ambos. Junto al inspector, que vestía una americana beige encima de una camisa blanca sin corbata, el oficial Fernando Morales, diez años más joven, delgado y moreno, tomaba notas a mano, ataviado con el uniforme de la Policía Nacional.
La detenida, que hasta hacía bien poco, era una mujer casada y sin hijos, que vivía junto a su marido en un pìso sencillo de un barrio obrero de Madrid, escuchaba en silencio, sentada en una silla de confidente, con las piernas cruzadas. Se le acusaba del asesinato, con ensañamiento, de su marido.
—¿Comprender qué, exactamente, inspector?
El inspector frunció el ceño y se llevó la mano a la frente.
—Vamos a ver, Sara —intentó continuar el señor Cózar—. Aunque le cueste creerlo, trato de ayudarla. Cuando entraron nuestros agentes en su domicilio…
—¡Ay, por favor! —interrumpió la aludida, con desdén—. ¿Va a repetirme esa escena de película de terror otra vez?
—¿Así lo califica usted? —intervino el oficial—. ¿Escena de película de terror? ¿Acaso está cuestionando la veracidad de los hechos, señora?
La mujer abrió mucho los ojos, como si no se creyera lo que estaba viviendo. Empezó a frotarse las manos.
—No, no… De ningún modo. Yo no niego nada. Tan solo… tan solo les pido que sean comprensivos.
Fernando Morales fue a replicar, pero su superior le indicó silencio con un gesto.
—Bien, señora —continuó Cózar—. Empecemos por el principio. ¿Puede decirnos su…?
—¡No! —interrumpió ella, casi gritando. Su gesto se había endurecido y sus ojos negros se aceraron—. ¿Pero, cómo se atreve?
El aludido abrió las manos y sonrió, aparentando despreocupación.
—Aún no le he preguntado nada —dijo.
—¡Pero iba a hacerlo! ¿Acaso nunca le enseñaron que a una dama nunca se le debe preguntar la edad?
El oficial se tranquilizó al comprobar que la estrategia de su superior estaba dando frutos.
—Está bien. No insisto —dijo Cózar—. Al fin y al cabo, ya sabemos que usted tiene 48 años porque así consta en su documento nacional de identidad.
Sara se agitó un instante en su silla para descruzar las piernas y adoptar una postura rígida. Echó en falta su bolso rojo de piel que le había requisado, junto con el cinturón y las joyas, una mujer uniformada rubia, para agarrarlo y calmar sus nervios. A cambio, se mordía los labios por dentro sin decir nada.
—Según me informaron mis hombres —continuó el inspector—, su casa es como un exagerado salón de belleza, con espejos por todas partes: en el salón, en los dormitorios… Hasta en la cocina tenía uno pequeño sobre la encimera. ¿Tanta necesidad tenía de contemplarse a cada momento?
—Oh, sí. Soy una apasionada de los espejos. No hay nada en el mundo que me guste más. Colecciono esos que son pequeños y llevan una tapa. En cada bolso llevo tres o cuatro. Nunca se sabe cuando…
El inspector la interrumpió con un ademán.
—Olvide los espejos. Tenía el aseo repleto de productos de belleza y cuidado personal. No solo un aseo, sino los dos de la vivienda. Ambos, repletos de potingues, en su mayoría cosméticos anti-aging, o como demonios se diga.
—Bueno, es que soy muy femenina. Ya sabe, a las mujeres nos gusta cuidarnos.
El inspector levantó la mano y estiró los dedos índice y corazón.
—Dos baños, señora. Dos cuartos de baño grandes con los armarios llenos de cremas, tónicos y pulverizadores. Incluso las superficies de los lavabos estaban saturadas de botes.
Sara puso cara de perplejidad.
—¡Pues claro! —intervino—-. Necesitaba… necesitaba vencer…
—¿A su edad, quiere usted decir? —la apretó el inspector—-. ¿Tenía que vencer a sus…?
—¡Calle! —gritó ella—. ¡No lo diga! Ese… ese desgraciado me lo estaba recordando todo el rato.
El oficial enrojeció por segunda vez en aquella entrevista. Juan Ignacio Cózar incidió.
—¿Ahora se refiere así a su marido muerto? ¿Le llama «ese desgraciado»?
Ella hizo un movimiento rápido con la cabeza, despeinándose.
—¡Usted no sabe lo que ha sido vivir con él! ¡Es un psicópata! Me escribía ese odioso número por todas partes —se llevó ambas manos a las sienes—. ¡Maldita sea! Desde que me levantaba hasta que me acostaba me pasaba el día viendo ese ofensivo número.
El inspector levantó una ceja.
—¿Ofensivo? ¿Por qué ofensivo?
Ella se puso de pie. Fernando Morales se tensó, temiendo alguna reacción violenta.
—¡Por Dios bendito! —Sara torció el gesto para componer una mueca de asco—. Si nunca me dijo que me veía guapa... Si se le iban los ojos detrás de otras mujeres… —empezó a hiperventilar—. Con las demás, sí, el muy baboso. «Hola, bonita… dime, preciosa… hola, encanto…». ¿Y a mí? ¿Cómo me hablaba a mí, eh? ¡A mí, nada de nada! Solo recordarme la edad una y otra vez. ¡A cada momento!
Temblaba de pie, con los puños apretados, el cabello alborotado y el pecho subiendo y bajando al compás de su respiración acelerada. Mientras, el inspector observaba, satisfecho al atisbar un resquicio en la coraza psicológica de la mujer. Por su parte, el oficial escuchaba en silencio, con la curiosidad de quien espera un desenlace inminente.
—El día de mi cumpleaños —continuó Sara, cada vez más fuera de sí— me despertó con un repugnante beso en la boca para decirme «felices cuarenta y ocho, amor…». ¡Repugnante! Al salir de la cama, me encontré post-it pegados por toda la casa con el número 48. Por los armarios, por la cocina… Por todos los espejos de la casa. Y yo, cuidándome cada día para vencer a la edad… Dándome cremas… Tratamientos corporales… Hidrataciones, exfoliaciones, peelings…
Cózar consideró que había llegado el turno de su compañero y se lo hizo saber con una seña. Fernando Morales, más directo y menos diplomático que su superior, tomó la palabra.
—Señora Román, cuando nos presentamos en su casa, el olor a sangre era insoportable desde la entrada. Al llegar al salón nos encontramos con una carnicería. La encontramos sentada a horcajadas sobre el cadáver de su marido, destrozándole la cara con un cuchillo de cocina, mientras el resto del cuerpo perdía sangre por cada una de las siete puñaladas que le asestó antes de morir. ¡Hasta resbalaron los agentes que me acompañaban al pisar el suelo! ¿Puede decirnos de una vez por qué hizo esa barbaridad?
La mujer, con la cara descompuesta, la boca curvada hacia abajo y restos de saliva seca en las comisuras, gritó.
—¡Porque no paraba de recordarme la edad! ¿No vieron la tarta con las dos velas encima de la mesa del salón, una con el 4 y otra con el 8? Ese malnacido hasta eligió el número 48 de nuestra calle para fastidiarme, ¿saben? El 48 en todas partes. Y lo que más me dolió fue… —la voz se le quebró en este punto—. Fue que se atrevió a escribirlo en los espejitos con tapa que colecciono —Se le humedecieron los ojos—. Cada vez que abría uno, me encontraba ese número dentro. Pidan el bolso a la agente que me lo confiscó y podrán comprobarlo.
Las lágrimas resbalaron por su cara. Cózar le ofreció un pañuelo de papel que ella tomó sin agradecerlo.
—Señora —habló Cózar—, cuando entraron en su casa, los oficiales jóvenes que acompañaron al señor Morales encontraron algo que no van a olvidar jamás. ¿De verdad pretende que creamos que solo por ese número repetido ha sido usted capaz de acuchillar a su marido y destrozarle la cara como lo hizo?
La mujer le dirigió una mirada extraviada antes de responder.
—Pero… ¿Es que aún no lo ven? ¡Mi colección! El problema no era el número 48, sino que aparecía escrito dentro de todos los espejos. De esos espejitos de bolso que tanto me reconfortan cada día —al decir esto, rompió a llorar—. Pidan… pidan el bolso a la agente que me lo quitó al llegar aquí… Vayan a mi casa y lo verán… No solo es la dirección… ni la tarta, ni los post-it… En todos los espejos está el 48…
Los policías se miraron. Cuchichearon entre sí. Después, el oficial Morales salió de la estancia y pronto regresó con tres mujeres uniformadas. Al verlas, Sara se puso a chillar y a mirar a un lado y a otro buscando una salida, como un animal que se siente acorralado. Entre las dos policías más fornidas agarraron a la acusada, con toda la consideración legal posible, entre gritos, forcejeos y vanos intentos de huida, mientras la tercera consiguió administrarle una inyección en el brazo.
—Vamos, Sara —le dijo esta última, mientras apretaba el émbolo de la jeringuilla—. Es solo un calmante. Vamos a cuidar de ti, ¿entendido? Tranquila, ya pasó todo.
Al momento, se la llevaron, quedando solos el inspector y el oficial en el triste despacho amarillento de interrogatorios, a la luz mortecina de los fluorescentes.
—Está peor de lo que suponíamos —dijo Fernando—. En su bolso había cinco espejos con tapa, los vi yo mismo antes de que lo dejaran en la taquilla. Ninguno de ellos tenía nada escrito.
El inspector suspiró.
—Ya lo sé. Como tantos otros enfermos, vivía en una ficción. ¿Qué película se habrá montado en su cabeza para llegar a hacer algo así?
—Imagínese, en aquella casa no había ni un solo post-it de los que decía. Ni tarta con velas, ni el 48 escrito en los espejos. Solo cremas y más cremas… y ella misma destrozando el cadáver de su marido sobre un charco de sangre.
Tras decir esto, Fernando Morales caminó hasta la entrada de la sala, tomó el pomo de la puerta y esperó a que su superior saliera primero.
—Caso cerrado. Ahora, a redactar las diligencias e informes necesarios —Juan Ignacio Cózar puso una mano en el hombro de su oficial—. Caso cerrado, Fernando. Turno para los servicios sanitarios.
—Sí, pobre loca. La única verdad en todo este caso es la que ella misma no podía asumir: su edad —Morales levantó las cejas—. ¡Juan Ignacio, ni siquiera ella vivía en el 48!


