EL VINO DEL FRANCÉS MUERTO

Existe una taberna en Madrid con una leyenda tan macabra como deliciosa. Cuentan que durante la invasión napoleónica, una turba mató a un capitán del ejército francés y escondieron su cadáver en una tinaja de vino de la taberna más cercana. Durante semanas, los madrileños estuvieron bebiendo de ese vino, al que le encontraban un sabor especial, más fuerte.

LEYENDASLUGARES MISTERIOSOS

David Hernández

3/27/20264 min read

Vuelvo a Lavapiés siguiendo el rastro de una vieja leyenda según la cual los madrileños nos estuvimos embriagando con la muerte: durante semanas, los vecinos de Lavapiés bebieron un vino cuya tinaja ocultaba el cadáver de un capitán napoleónico deshaciéndose en maceración.

Pensaba que aquella taberna había desaparecido con el paso del tiempo, pero, para mi sorpresa, el lugar aún existía. Mis pasos me llevaron a la fachada rojiza de la taberna Antonio Sánchez, en el número 13 de la calle Mesón de Paredes. Dicen que es la más antigua de la ciudad —desde 1787—, y a estas alturas todos sabemos que esa antigüedad es mucho más que un mero dato histórico: es un indicador de las energías que perviven.

El crimen en la plaza del Progreso

Para entender el horror, hay que viajar a 1808. Madrid era una olla a presión bajo el yugo de los soldados de Napoleón, que caminaban por sus calles con la arrogancia de quienes se saben dueños de la tierra que pisan. Entre ellos, un capitán cuyo nombre la historia borró, quizá por piedad, pero cuyo destino quedó sellado en una noche de embriaguez y soberbia.

La leyenda cuenta que el capitán, tras una disputa violenta en la antigua plaza del Progreso, hoy Tirso de Molina, fue perseguido por una turba de chisperos que no buscaban justicia, sino venganza. El oficial, acorralado y cegado por el vino, terminó sus días con un tajo certero en el gaznate. Y, en aquel Madrid, un cadáver uniformado era una sentencia de muerte para todo el barrio, por lo que había que hacerlo desaparecer. Y qué lugar más propicio para ello que la bodega de la taberna de la esquina.

El enemigo en maceración

En mi visita a la taberna, tuve la suerte —o la desgracia, quién sabe— de que los camareros, en un gesto de inusual confianza, me permitieran descender a las profundidades del local. Abajo, un silencio sepulcral que va más allá de la mera ausencia de ruido te sobrecoge. Llegamos a una verja de hierro negro y grueso, como de una antigua prisión, y la camarera extrae de su bolsillo una llave. Abre y da al interruptor de la luz, ofreciendo ante nosotros un espectáculo de ladrillo viejo, bóvedas... ¡y tinajas alineadas, como centinelas de barro, de hace más de tres siglos!

Mis ojos buscaron una en concreto: la número 6.

Según la tradición oral del barrio, el cuerpo del capitán fue arrojado al interior de esta cuba. No hubo entierro, ni ritos, ni cruces. Solo el gorgoteo del vino al hundirse el cuerpo en su seno. Durante meses, mientras las tropas francesas buscaban a su oficial desaparecido, los parroquianos de la taberna bebían, reían y brindaban.

Decían que aquel año el Valdepeñas de la número 6 tenía una fuerza inusitada, un regusto metálico persistente que agarraba en la garganta. No sabían que estaban bebiendo la bilis destilada de un oficial del Imperio. Con cada trago, ingerían una pequeña dosis de la esencia corrompida del capitán, fundiéndose en el ADN de quienes, generación tras generación, aún caminan sobre estas calles.

El pasadizo al inframundo

Pero no todo se agota en la tinaja 6. La camarera me mostró un rincón que daba escalofríos con solo mirarlo: un pasadizo tapiado.

Este túnel, ahora sellado por ladrillos ennegrecidos, no es una simple conducción de servicio, sino que, al parecer, conectaba con el desaparecido Convento de la Merced, en cuyas criptas aparecieron cientos de esqueletos cuando fue derribado en 1836. Se rumorea que ese pasadizo no era solo para vino, sino un camino de huida durante las matanzas de frailes y las revueltas contra los franceses. ¿Podéis imaginar los cuerpos arrastrados por ese túnel a la luz de las velas para ser escondidos en esas bodegas?

Ese muro no solo separa dos estancias; separa nuestro mundo de un vacío que recorre el subsuelo de Madrid. Un laberinto de túneles que conectan unos con otros hasta llegar, según dicen, a los cimientos del Palacio Real. Una arteria muerta que aún parece latir si pegas el oído al ladrillo.

El huésped que no se marcha

No puedo terminar esta crónica sin mencionar lo que los trabajadores callan a plena luz del día. En la bodega no estás solo. Existe la sombra de una figura militar que se manifiesta cerca de la cuba 6. No es un espectro de lamento, sino una presencia de odio que deja escuchar pasos de botas pesadas cuando la taberna está cerrada a cal y canto.

El capitán nunca regresó a Francia. Su carne se convirtió en vino y su espíritu se fundió con el barro de la tinaja.

Si alguna vez visitáis la Taberna Antonio Sánchez, sentid el frío del mármol de su mostrador. Mirad las fotos de los toreros muertos en las paredes y observad que, desde esas mismas paredes, las cabezas de los toros que los mataron nos observan desde sus ojos de cristal. En esta taberna, la muerte no se esconde.

Entrad, observad y disfrutad de la experiencia de alternar en una de las tabernas más antiguas de Madrid. Y, si os atrevéis, pedíos un vino. Pero aseguraos de que no venga de la cuba número 6.