EL VIADUCTO DE SEGOVIA, UN SUMIDERO DE ALMAS BAJO EL ASFALTO

Acompáñame a este un punto de la calle Segovia, justo donde pasa Bailén por encima. Durante siglos fue el foso del arroyo de San Pedro, lugar extramuros de Madrid donde se ajusticiaba a los reos más miserables, se celebraban ritos satánicos y se temblaba por la presencia de una figura diabólica en la cuesta de los Ciegos.

LEYENDASLUGARES MISTERIOSOS

David Hernández

6/27/202610 min read

Hoy vamos a recorrer juntos un trozo de Madrid marcado por la brujería, la muerte más ignominiosa, el satanismo, la tragedia y la desesperación. Un lugar con una energía tan densa que se puede masticar cuando lo atraviesas. Esta mañana estuve allí y sentí una opresión en el pecho como en ningún otro punto del terror madrileño visitado hasta la fecha. ¿Sugestión? ¡Quién sabe!

Llegamos por el Madrid de los Austrias hasta la plaza de Puerta Cerrada. Ahí mismo podemos ver con claridad que el asfalto se desploma de pronto en una pendiente asfixiante en dirección hacia el Manzanares. Es la bajada de la calle de Segovia. Hoy la recorren coches y turistas, pero pocos saben que bajo nuestros pies late la cicatriz más oscura de la capital: el antiguo foso medieval del arroyo de San Pedro.

Asómate conmigo al borde del abismo. Deja que la bruma del río suba por la hondonada y descubre por qué, durante siglos, este tajo en la tierra fue considerado la boca del infierno.

I. El origen del abismo: las aguas negras del arroyo de San Pedro

Para entender el terror que exuda este lugar, debemos desenterrar su pasado. En la Edad Media, el Madrid intramuros, el de los palacios y la fe, terminaba abruptamente en el borde de un precipicio arcilloso. Abajo, en la profunda garganta natural, corría el arroyo de San Pedro.

Las autoridades cristianas supieron aprovechar la hostilidad del terreno. Levantaron la muralla en lo alto de la colina, convirtiendo el cauce del arroyo en un foso defensivo imponente, quedando extramuros el lecho de San Pedro.

Al ser el punto más bajo de la Villa, hacia allí confluían todas las aguas negras, las inmundicias y los detritos de la ciudad. Pero, si físicamente era un vertedero de fango, espiritualmente, se convirtió en el sumidero de las almas perdidas de Madrid. Al caer la noche, cuando las puertas de la muralla se cerraban, el foso quedaba sumido en una oscuridad total, una trampa de lodo y niebla densa donde los hombres y mujeres de bien no se atrevían a descender.

II. Los olvidados sin patíbulo: las horcas del foso y el garrote ruin

Como vimos en el post anterior, la Plaza de la Cebada fue el matadero humano de Madrid, el gran teatro de la muerte donde la Inquisición y la justicia civil daban espectáculo con sus ejecuciones. Pero ¿qué ocurría cuando los patíbulos de la Cebada se saturaban de condenados? ¿Qué se hacía con los reos de menor categoría o con aquellos cuyos cuerpos debían servir de advertencia oculta?

La respuesta es que acababan en el foso, sin contemplaciones. En las laderas de lo que entonces se denominaba cuesta de Segovia, se alzaban horcas improvisadas. Los reos eran colgados en mitad de la noche, dejando que sus cuerpos se balancearan sobre las aguas pestilentes del arroyo de San Pedro. Los viajeros que, a la mañana siguiente, entraban a Madrid por el camino del río se topaban, en la penumbra del barranco, con hileras de ajusticiados pudriéndose a la intemperie. El viento que subía del Manzanares hacía crujir las sogas, y el fluido de los cadáveres goteaba directamente sobre el lodo del foso, abonando la tierra con la impronta del dolor y la desesperación.

Incluso se llegó a instaurar en los recovecos del barranco el uso del garrote ruin, una variante del garrote vil mediante un mecanismo puramente artesanal y rústico que no gozaba de la precisión de este, reservada para los criminales más miserables. Al no haber rotura de cuello, el reo moría por asfixia lenta, en una agonía que podía prolongarse durante varios minutos de espantosos estertores, convulsiones y desesperación.

III. La cuesta de los Ciegos: de la luz del milagro a las sombras del Hechizado Carlos II

Si continuamos nuestro descenso por la calle Segovia y pasamos bajo el Viaducto se eleva la cuesta de los Ciegos. Hoy es una escalinata monumental, pero durante el medievo era una rampa indómita de tierra batida donde se refugiaban los desahuciados.

El nombre de la cuesta nació de un destello de luz. Cuenta la tradición que en el siglo XIII, san Francisco de Asís se estableció en una humilde cabaña de barro en este barranco. Conmovido por la miseria de las decenas de mendigos invidentes que malvivían en las oquedades de la colina, el santo realizó una oración y, frotando sus ojos con el aceite de sus lámparas, les devolvió la vista.

Aunque el lugar quedó marcado como un espacio de curación, el foso siguió reclamando lo suyo. Cuatro siglos después, durante el reinado de Carlos II el Hechizado, monarca obsesionado con lo demoníaco y las posesiones, las sombras del Averno tomaron siniestro protagonismo. Los informes de los alguaciles que custodiaban el cuartel de Puerta Cerrada recogieron que se escuchaban risas que desafiaban la anatomía humana y cánticos blasfemos en latín corrupto.

El pánico alcanzó su punto de ebullición en el invierno de 1680, el año del gran auto de fe de la plaza Mayor, cuando Madrid entero se sumió en una obsesión colectiva por los supuestos hechizos satánicos que estaban consumiendo al rey Carlos II. Fue entonces cuando los vigilantes nocturnos juraron haber visto, recortada contra los peñascos arcillosos, una silueta colosal y astada que evocaba la figura misma del diablo, manifestándose en el fondo del foso para presidir las reuniones de las brujas de los arrabales. De hecho, se rumoreaba que un grupo de nobles libertinos y mujeres de mal vivir bajaba a la hondonada para celebrar misas negras y realizar pactos de sangre, sacrificando animales oscuros como gatos negros o machos cabríos para comprar favores en una Corte corrupta y agonizante.

Cuando los serenos daban parte de ruidos extraños o sospechas de aquelarres en el fondo del foso, la Iglesia enviaba a los frailes capuchinos, o a los franciscanos asentados ladera arriba en San Francisco el Grande, que bajaban al barranco en procesión a la luz del día, portando agua bendita, sal exorcizada y cruces de madera de pino áspera, a menudo pintadas de negro con pez para protegerlas de la humedad del arroyo, que clavaban en los lugares donde se sospechaba que se escondían las brujas: oquedades, bocas de torrenteras o cuevas naturales. Las cruces funcionaban como pararrayos espirituales, pues se creía que su presencia santificaba el suelo y limpiaba la vibración del foso. Pero, al tratarse de un terreno arcilloso y muy inestable, las lluvias torrenciales las desprendían y pudrían, con lo que eran arrastradas por las riadas del arroyo de San Pedro. Para los vecinos de La Latina y la Morería, ver una cruz caída o arrastrada por el lodo de la cuesta no era un simple accidente geológico, sino la funesta señal de que el diablo había ganado una batalla arrancando el símbolo sagrado, con lo que, casi de inmediato, los frailes debían regresar al foso y clavar más madera.

IV. El Sabbat de la luna negra y la casa de los Gatos

El foso no era solo un accidente geográfico, sino un templo satánico al aire libre. En el siglo XVII, los cronistas e inquisidores utilizaban el término Sabbat, de origen el Sabath judío, con profunda malevolencia para describir los aquelarres que se celebraban en el foso bajo el influjo de la luna nueva.

Las hechiceras locales sabían que las energías de la ciudad morían en ese sumidero, y por ello lo eligieron como su altar mayor. En las noches de luna negra, las brujas practicaban el rito de la renuncia a la cruz. Pisoteaban crucifijos y arrojaban Hostias consagradas —robadas de las parroquias vecinas de San Pedro o San Andrés— a las aguas sucias del arroyo para sellar su lealtad a las tinieblas. Elaboraban sus ungüentos mezclando el lodo del foso con la grasa extraída de los ajusticiados que colgaban a pocos metros.

Muy cerca de allí, empotrada en las laderas del barranco donde hoy se sitúa el jardín de Las Vistillas, se alzaba la tristemente célebre casa de los Gatos. Era un caserón abandonado y ruinoso conocido con tal nombre por hallarse infestado de felinos, aunque para el imaginario barroco de Madrid se trataba de las propias brujas de la Morería y de La Latina que se transformaban por las noches mediante ungüentos para vigilar los tejados y detectar qué vecinos nacidos en Madrid —gatos legítimos— eran vulnerables a sus hechizos.

En las noches de ventisca, los maullidos y las peleas de los cientos de gatos que poblaban las ruinas resonaban en el cañón acústico del foso, mezclándose con los lamentos de los reos ejecutados a garrote ruin. Los madrileños de la época decían, con humor negro y pavor, que en esa casa los verdaderos gatos de Madrid perdían el alma, porque cualquiera que se acercara de noche era arrastrado al arroyo. También, que los maullidos nocturnos se confundían con los lamentos de los niños sacrificados en el fondo del arroyo.

V. El Viaducto: el acantilado de los suicidas y las cruces negras

Con el paso de los siglos, el arroyo de San Pedro fue canalizado y sepultado bajo el asfalto de la actual calle de Segovia. El barranco parecía domesticado, pero la carga trágica de la tierra no se destruye, solo se transforma. En 1874 se inauguró el primer Viaducto de Madrid, una colosal estructura de hierro diseñada para unir las dos colinas por el cielo, permitiendo que la calle Bailén volara sobre el abismo.

El foso natural se convirtió en un acantilado artificial. A los ocho días de su apertura, el Viaducto registró su primer suicidio. Durante los siglos XIX y XX, el puente se transformó en un imán magnético para la desesperación humana. Cientos de personas acudían a este punto exacto para arrojarse al vacío, buscando el impacto brutal contra el suelo de la calle de Segovia, justo donde se ubicaba el foso del arroyo de San Pedro.

Fue durante la década de 1876 hasta 1886 cuando, tras una racha de saltos fatales, los serenos descubrieron que, después de un suicidio nocturno, a la mañana siguiente aparecía una cruz negra, pintada con una perfección imposible, en la base de los pilares de hierro del puente, al nivel del suelo de la calle de Segovia. La policía estableció turnos de vigilancia secreta en la oscuridad de la hondonada para capturar al macabro cronista, pero las cruces siguieron apareciendo hasta 1886 sin que jamás se desvelase el misterio de su autoría, aunque en los mentideros de la Latina y la Morería de finales del siglo XIX circularon dos teorías muy extendidas:

  • La hipótesis humana: Se rumoreaba que el autor era un viejo enterrador o un perturbado celador del cercano cementerio de la Sacramental de San Justo que, al envejecer o morir en esa década, se llevó el secreto a la tumba.

  • La hipótesis esotérica: Los más supersticiosos aseguraban que las cruces dejaron de aparecer cuando la Iglesia realizó una serie de rogativas y misas de desagravio secretas en la cripta de la antigua iglesia de Santa María de la Almudena para bendecir el aire que soplaba bajo el puente.

VI. Fenómenos paranormales: la energía residual del abismo

Hoy en día, el Viaducto es de hormigón, no de hierro como el original, y cuenta con mamparas de seguridad, pero cualquiera que sea sensible a las atmósferas sabe que el foso sigue despierto. No en vano, los fenómenos paranormales reportados en este tramo de la calle Segovia y en la cuesta de los Ciegos se cuentan por decenas entre los vecinos y los investigadores del misterio:

  • Quienes descienden por los 252 escalones de la cuesta de los Ciegos a altas horas de la madrugada informan unánimemente de la misma sensación física: el sonido de unos pasos lentos, pesados y torpes que bajan justo a sus espaldas, arrastrándose sobre el granito. Al detenerse y girar la mirada, la escalera está vacía, pero la temperatura desploma varios grados en un segundo, como si una presencia invisible absorbiera todo el calor del entorno.

  • Vigilantes de seguridad y conductores nocturnos han descrito la aparición de una silueta humana estática en mitad de la calzada de la calle Segovia. Cuando los faros del coche la iluminan directamente, la sombra parece plegarse sobre sí misma y absorberse en el asfalto, exactamente en el punto donde impactaban los suicidas del siglo XIX.

  • Hay noches de humedad densa en las que el olor a tubo de escape desaparece por completo en la calle Segovia, siendo sustituido por un hedor repentino, dulzón y nauseabundo, a flores podridas mezclado con un fuerte aroma a ozono, el aroma que los antiguos tratados de demonología asociaban a los restos de los ungüentos satánicos que se quemaban en el fondo del barranco.

VII. El cerco de Dios

Si observas el mapa actual de esta zona con los ojos atentos de un cronista del misterio, te darás cuenta de algo asombroso. El foso de la calle de Segovia forma una gran cruz con la calle de Bailén. Y en los dos extremos de ese puente que cruza sobre el abismo, se alzan los dos templos más imponentes de Madrid: la Catedral de Santa María la Real de la Almudena al norte, y la Real Basílica de San Francisco el Grande al sur.

La Iglesia colocó a sus dos centinelas de piedra más colosales a cada lado del Viaducto para vigilar el abismo, como si intentaran contener, mediante un campo de fuerza sagrado, la energía maléfica, trágica y satánica que la tierra del antiguo arroyo de San Pedro lleva supurando desde el principio de los tiempos. Las riadas se llevaban las cruces plantadas por los frailes, pero hoy estos dos monumentales templos permanecen indemnes flanqueando el siniestro foso.

Mañana, cuando pases bajo el Viaducto y mires hacia el cielo, recuerda que estás en el fondo del sumidero, no solo de los detritos, sino también de las almas. Y el abismo, aunque esté cubierto de asfalto, sigue devolviéndote la mirada.

¿Has sentido alguna vez esa opresión de la que te hablaba al principio del post al caminar bajo el Viaducto de la calle de Segovia? ¿Conocías el misterio de las cruces negras en los pilares del Viaducto? Déjame tu comentario abajo.

davidhernandez.misengendros@gmail.com