EL FANTASMA DE LA PLAZA DEL ALAMILLO

Una plaza madrileña en la que el tiempo parece no haber transcurrido. En ella no encontramos un álamo, como cabría esperar, sino un almez. Buscaremos la pista del fantasma de un caballero medieval degollado que busca justicia y recordaremos el laberinto de oquedades que recorre su subsuelo, del que se llegó a decir que comunicaba con el mismo infierno.

LEYENDASLUGARES MISTERIOSOS

David Hernández

6/13/20265 min read

Seguimos en el barrio de La Latina, una verdadera mina de historias inquietantes de nuestro Madrid. Si descendemos por las intrincadas costanillas de la morería, dejando a nuestras espaldas la imponente y misteriosa torre mudéjar de San Pedro el Viejo, donde estuvimos la semana pasada, y cruzamos la plaza de la Paja, donde también hemos estado, llegamos, casi sin darnos cuenta, a un rincón que parece congelado en el tiempo: la calle del Alamillo. Hoy en día se respira en su famoso ensanchamiento una quietud casi rural, un silencio extraño que contrasta con el bullicio de La Latina. Presta atención porque vamos a recorrer uno de los puntos donde el mito, la leyenda y el universo gótico madrileño caminan de la mano.

I. El árbol de la justicia que nunca existió

Durante siglos, los madrileños crecieron con la certeza terrorífica de que aquella plaza debía su nombre a un álamo de cuyas ramas colgaban los cuerpos de los ejecutados del arrabal. La cultura popular bautizó el lugar como el tribunal del Alamillo, un patíbulo rápido donde la justicia medieval se aplicaba de forma expeditiva.

Sin embargo, en la plaza nunca hubo ningún álamo. El nombre es, en realidad, la deformación fonética del término árabe alamud (o alamín), el magistrado musulmán encargado de vigilar el comercio y resolver los pleitos vecinales. Cuando los cristianos tomaron la ciudad, la palabra alamud les resultó extraña y la reconvirtieron en alamillo, imaginando una horca donde solo había un despacho de leyes.

El mito de la soga y el árbol caló tanto en el imaginario de los callejones que, ante la falta de un patíbulo real, la propia superstición de la Villa se encargó de fabricar su propia víctima.

II. El caballero sin rostro de los Austrias

Pero fue durante los siglos XVI y XVII cuando el Alamillo se convirtió en un auténtico punto negro en el mapa del terror de la Villa. La leyenda nos traslada a la Edad Media cuando, en una noche de tormenta, un caballero cristiano fue asaltado en su propia casa señorial de la plaza. Los atacantes lo degollaron y mutilaron de forma salvaje antes de huir. Al tratarse de un crimen cometido en las sombras de un barrio de fronteras invisibles y recelos mutuos entre culturas, oficialmente nadie vio nada, el asesinato quedó impune y surgió la figura de un espectro de la plaza que clama justicia para sus asesinos.

Los madrileños se referían al fantasma del caballero como un hombre de gran corpulencia envuelto en una capa oscura o, a veces, en un sudario blanco y desgarrado, que flotaba suspendido a unos palmos del suelo empedrado de la plaza. Quienes aseguraban haberlo visto de cerca afirmaban que, al intentar mirarle a la cara, debajo del sudario o la capucha solo había una masa de sombra negra, neblinosa y desfigurada. En vez de lúgubres lamentos, los vecinos escuchaban un sonido seco, ronco y ahogado que atribuían a la garganta destrozada del caballero.

Durante el periodo de los Austrias, el pavor al fantasma del Alamillo era físico y real. Al caer el sol, los comercios y tabernas de las costanillas próximas echaban el cierre antes de tiempo. Los vecinos bloqueaban sus ventanas para evitar cruzarse con la aparición, pues se creía que su simple visión traía la locura o fiebres tísicas. Incluso los serenos de la Villa apresuraban el paso en este tramo, asegurando que en mitad de la noche se escuchaba el tintineo metálico de unas espuelas contra el adoquín, que acompañaban a una silueta flotante que vagaba envuelta en un sudario.

La luz de las farolas de gas en el siglo XIX fue disolviendo el pavor cotidiano, pero el mito nunca murió. Hoy en día, las rutas de misterio y el eco digital de las redes sociales siguen evocando a ese caballero anónimo que aún busca a sus asesinos cuando la plaza se queda a oscuras.

III. El laberinto del subsuelo: trampas de vacío y viajes subterráneos del agua

Si el caballero sin rostro pertenece al terreno de las brumas, la plaza del Alamillo nos depara un universo tenebroso mucho más físico, oculto a escasos metros bajo el pavimento que pisamos. Al haber sido el corazón del antiguo arrabal medieval, el subsuelo del Alamillo está perforado como un queso gruyère por la arqueología olvidada de Madrid.

La plaza reposa sobre una red de antiguos silos de almacenamiento de grano de la época islámica y viejas bodegas castellanas. Con el paso de los siglos y las sucesivas reformas de las viviendas, muchas de estas estructuras circulares no se rellenaron, sino que se tapiaron a toda prisa, convirtiéndose en auténticas trampas de vacío. Durante los años de las grandes pestes que asolaron la Villa, las humedades hacían ceder el terreno, abriendo repentinos socavones que conectaban la superficie con la negrura de esas criptas olvidadas. No era raro que habitaciones enteras de las plantas bajas se desplomaran hacia el subsuelo y sus habitantes quedaran sepultados mientras dormían. Todo ello alimentaba la creencia popular de que la plaza se comunicaba directamente con el infierno.

Pero el detalle más inquietante que esconde el subsuelo es el histórico viaje de agua de la Alcubilla. Los viajes de agua eran la red subterránea de galerías y canales que los ingenieros mudéjares diseñaron para abastecer a Madrid, aprovechando las corrientes subterráneas. Bajo el Alamillo corre una de estas galerías ciegas, excavada en la arena y reforzada con ladrillo visto, donde el agua fluye en una perpetua oscuridad. La red requería pozos de ventilación y registro llamados capirotes que a menudo quedaban mal sellados en mitad de la plaza o conectados a los sótanos vecinales, con lo que el murmullo rítmico del agua en las profundidades, filtrándose entre las grietas de la piedra vieja, generaba ecos distorsionados y ruidos de succión. Quizá por eso, los vecinos de 1600, ignorantes de la intrincada ingeniería árabe que tenían bajo sus pies, al escuchar aquellos sonidos, juraban que eran los pasos errantes, los gruñidos ahogados o el arrastrar de espuelas del caballero sin rostro.

Ecos al clarear el día

Hemos llegado al final de nuestro recorrido. Cuando paséis por la calle del Alamillo, especialmente si lo hacéis a solas y a altas horas de la noche —o, como yo hice, con las primeras luces del amanecer—, deteneos un instante en el centro del ensanchamiento empedrado, justo bajo la copa densa del almez que hoy preside y custodia el recinto.

Mirad sus ramas y recordad la ironía: la naturaleza —o el Ayuntamiento— ha colocado un almez donde el pueblo imaginó un álamo para las ejecuciones de un tribunal árabe a cuya sombra podemos detenernos a reflexionar sobre la historia y la leyenda del lugar. Sentid la quietud del ambiente y bajad la vista al suelo. Pensad en el vacío de los silos islámicos y tratad de escuchar el viaje de agua de la Alcubilla que fluye, invisible, bajo vuestros zapatos.

Y también voy a sugeriros otra reflexión más personal. ¿Os acordáis del espectro sin rostro de la colina de San Andrés? ¿No es muy parecido al fantasma del Alamillo? Parecía que habíamos dado explicación racional a la leyenda con los ruidos del agua subterránea, pero ¿no os parece mucha casualidad que los vecinos de lugares tan próximos vieran una entidad espectral tan similar? Quizá donde unos vieron un sambenito deshilachado y quemado, otros vieron un sudario desgarrado; mientras unos escucharon cadenas contra el pavimento, otros, espuelas. Ambos son figuras sin rostro. Tal vez, después de todo, existió una entidad que nos aterró durante siglos, que aún hoy perdura camuflada en dos leyendas diferentes y, no obstante, coincidentes.

davidhernandez.misengendros@gmail.com