EL CONVENTO DE SAN PLÁCIDO: DONDE EL INFIERNO SE VISTIÓ DE HÁBITO

¿Puede un convento de apacibles monjas benedictinas convertirse en una puerta al infierno? En el siglo XVII el Convento de San Plácido se convirtió en morada de lo más abyecto: posesiones diabólicas, exorcismos y un reloj que señala la muerte como regalo expiatorio por la lascivia de un rey.

LEYENDASLUGARES MISTERIOSOS

David Hernández

1/31/20264 min read

Hay lugares en Madrid donde el suelo parece retener el frío incluso en pleno agosto. Si caminas por la sombría y estrecha calle de San Roque, en el madrileño barrio de Malasaña y te detienes ante los muros del Convento de San Plácido, has de saber que fueron testigo de la crónica más negra, blasfema y aterradora de nuestra ciudad.

Fundado en 1623, lo que debió ser un refugio de oración se transformó en una manifestación de posesiones demoníacas, abusos sistemáticos y ritos de exorcismo que desafiaron a la misma Inquisición. Esta no es solo una historia de fantasmas; es la crónica de cómo el mal absoluto se filtró por las grietas de la fe.

I. Fray Francisco: el artífice de la psicosis

Para entender el horror de San Plácido, hay que pronunciar un nombre: Fray Francisco García Tejero. Él no fue un simple confesor, sino un depredador de almas.

Infiltrado en la corriente herética de los Alumbrados, Tejero convenció a las veinticinco monjas del convento de que el camino a la santidad pasaba por la anulación del juicio y el abandono del cuerpo. Bajo el pretexto de «uniones místicas», el fraile convirtió el confesionario en un lugar de tortura psicológica y abusos sexuales.

Les enseñó que el pecado no existía si el alma estaba «iluminada». Así, quebró la voluntad de estas mujeres, induciéndolas a un estado de histeria colectiva que pronto cruzaría la frontera de lo racional para adentrarse en lo sobrenatural.

II. El despertar de Peregrino

En 1628, el convento dejó de oler a incienso para oler a azufre. La abadesa, Teresa Valle de la Cerda, fue la primera en manifestar síntomas tan aterradores como empezar a hablar con voz profunda y masculina en latín clásico, griego e incluso hebreo, lenguas que nunca había estudiado. No eran simples ataques nerviosos, sino algo mucho peor.

  • La posesión colectiva: De la noche a la mañana, veinticinco monjas comenzaron a retorcerse en el suelo del coro. Sus cuerpos adoptaban posturas imposibles, con las columnas vertebrales arqueadas hasta el punto de la fractura.

  • El demonio ilustrado: De la garganta de la abadesa surgió una voz gutural, impropia de un ser humano, que se identificó como Peregrino. Este no era un demonio vulgar; era un espíritu refinado y teológico que utilizaba la boca de las religiosas para burlarse de los dogmas de la Iglesia y revelar, con precisión quirúrgica, los pecados secretos de quienes se acercaban.

El convento se convirtió en una sinfonía maléfica de gritos, ladridos y blasfemias en latín que se llegaron a escuchar desde la calle, sembrando el pánico en un Madrid que empezaba a creer que las puertas del infierno se habían abierto en la calle San Roque.

III. Sacrilegio y exorcismos: objetos vomitados, blasfemias y clarividencia demoníaca

La Inquisición envió a sus hombres más implacables para exorcizar aquel lugar. Lo que siguió fueron meses de combate espiritual entre la cruz y el abismo. Los relatos de los exorcismos de San Plácido son terribles:

  • Materia del infierno: Las monjas, en medio de convulsiones, comenzaron a vomitar objetos que no deberían haber estado en sus estómagos: clavos oxidados, mechones de pelo humano empapados en bilis y carbones encendidos que quemaban las manos de los frailes.

  • El fracaso de lo sagrado: El agua bendita parecía actuar como gasolina sobre el fuego. Lejos de calmarse, las monjas levitaban o arremetían contra los crucifijos con una fuerza sobrehumana, necesitando hasta seis hombres para ser reducidas.

  • Sermones sacrílegos: Lo más perturbador era cuando Peregrino, a través de las monjas, comenzaba a dar sermones. El demonio corregía las oraciones de los exorcistas, se reía de su falta de fe y les recordaba sus propias miserias morales. «o me iré», decía la voz a través de sor Teresa, «porque este lugar ya no es de Dios. Este lugar es mío por derecho de sangre y deseo».

IV. La lujuria del rey y la «monja cadáver»

Mientras el demonio reclamaba el espíritu de las monjas, el rey Felipe IV reclamaba sus cuerpos. Obsesionado con la belleza de sor Margarita, el monarca utilizó un pasadizo secreto para infiltrarse en el convento con intenciones lúbricas.

La abadesa, en un acto de desesperación que mezclaba la astucia con lo macabro, preparó una escena digna de una pesadilla: drogó a la novicia y, cuando el rey entró en la celda de la joven, se encontró con un túmulo fúnebre. Sor Margarita yacía rodeada de velas, vestida de difunta, con la piel maquillada de un blanco cadavérico y las manos rígidas.

El rey huyó, creyendo que su ilegítimo deseo había matado a la inocente. Pero el trauma de aquella puesta en escena, sumado a los ecos de los exorcismos, dejó en sor Margarita una marca de locura de la que nunca se recuperó.

V. El Reloj de la Agonía, un regalo maldito

Como penitencia por sus pecados, Felipe IV regaló al convento el funesto Reloj de la Agonía. No se trataba de un reloj normal, sino que fue un artilugio de tormento psicológico que fue adquiriendo una vida propia y siniestra.

Su péndulo sonaba como un golpe de hacha contra la madera. El rey ordenó que, ante cada campanada, las monjas rezaran por su alma y por los difuntos, pero con ello se fueron produciendo unos efectos nada deseables:

  1. El tictac humano: Se dice que el ritmo del reloj cambia según quién esté en la sala, acelerándose si la persona presente oculta un pecado mortal.

  2. El anuncio de la muerte: Es tradición en el convento saber que, cuando el reloj se detiene sin causa mecánica, una de las monjas está a punto de morir.

  3. La hora trece: Quienes han pasado cerca del convento a altas horas de la noche juran haber escuchado una campanada extra, una decimotercera nota que vibra con un eco sobrenatural, marcando el tiempo de los que ya no están entre nosotros.

Epílogo: la sombra que no se desvanece

San Plácido sigue ahí. Ofrece sus visitas guiadas al público y, tras sus muros de clausura, las monjas benedictinas continúan su vida de oración, intentando quizás limpiar siglos de oscuridad. Pero el estigma de fray Francisco, los gritos de las poseídas y el tictac implacable del Reloj de la Agonía continúan impregnando sus muros de piedra.