EL CLÉRIGO AHORCADO DE LA CALLE SOMBRERETE
El nombre de la calle Sombrerete puede resultar simpático a quien no conoce su macabra historia. En un principio, su denominación fue calle del Sombrerete del Ahorcado, en recuerdo de un clérigo ajusticiado por conspirar. En su ejecución, le pusieron un sombrero ridículo que quedó suspendido en alto para recuerdo y escarmiento de quien por allí pasara. Las ánimas de los bebés expósitos y los enterramientos masivos por las epidemias completan el pasado trágico que oculta esta calle de Madrid.
LEYENDASLUGARES MISTERIOSOS


Hay calles en Madrid cuya historia parece haber sido trazada a mano alzada por la pluma de un cronista del terror. Rincones por los que cruzamos hoy camino de una terraza, una librería o el metro, ignorando que el suelo que pisamos estuvo impregnado de ejecuciones, tragedias olvidadas y una densa capa de superstición popular.
En pleno corazón de Lavapiés, la calle del Sombrerete es uno de esos lugares. Si preguntas hoy a los transeúntes por el origen de su curioso nombre, la mayoría atribuirá la denominación al remate de un edificio o a un adorno arquitectónico.
Nada más lejos de la realidad. El nombre original con el que bautizaron la vía los madrileños a finales del siglo XVI era mucho más directo e inquietante: la calle del Sombrerete del Ahorcado.
1595: el clérigo humillado en la horca
Para entender la primera gran sombra que cayó sobre este rincón hay que viajar hasta agosto de 1595, bajo el reinado de Felipe II. En aquella España marcada por las intrigas dinásticas, germinó la famosa conspiración del pastelero de Madrigal, en la que un humilde repostero pretendió hacerse pasar por el desaparecido rey don Sebastián I de Portugal.
Detrás del impostor se hallaba Fray Miguel de los Santos, un clérigo agustino que respaldó la farsa para desestabilizar a la corona. Descubierta la trama, la justicia de la Villa y Corte condenó al fraile a la horca pública.
La ejecución de un sacerdote requería un escarmiento memorable. Para despojarlo de su dignidad eclesiástica y acentuar la humillación antes de subir al cadalso, las autoridades le despojaron del hábito, le vistieron con una toga raída y le encasquetaron un sombrerete ridículo, un tocado de infamia reservado a los reos deshonrados.
Tras el ajusticiamiento, el sombrero del fraile fue retirado del cadáver, clavado en lo alto de una pica de madera y expuesto a la intemperie en un terreno desolado del barrio conocido como el barranco del Chorrillo como advertencia a posibles conspiradores. El «trofeo» permaneció allí durante meses pudriéndose a la vista de todos, bautizando el punto para siempre en la memoria colectiva como el sitio del sombrerete del ahorcado.
Pero, como en toda gran crónica de la Villa y Corte, la tradición oral tejió una segunda vertiente fantasmagórica en las corralas de Lavapiés que pervivió durante siglos. Según esta leyenda, no fue la justicia quien colocó la prenda en el lugar, sino que en el instante preciso en que la soga se tensó, una violenta ráfaga de viento levantó el sombrerete de la cabeza del ejecutado, haciéndolo volar sobre los tejados hasta caer en lo alto de una finca de la calle. Por temor al alma en pena del reo, y a la convicción de que tocar las pertenencias de un ajusticiado atraía la desgracia, ningún vecino se atrevió a subir a retirarlo, permaneciendo la prenda durante años en el alero, sirviendo de tétrico recordatorio y escarmiento para todo aquel que levantaba la vista.
Siglos XVII y XVIII: las ánimas de los niños expósitos
Pero la macabra prenda del fraile no fue la única mancha en la historia de la calle. Si, según la versión más extendida, el sombrerete fue clavado en una estaca al final de la calle en esa zona inhóspita conocida como el barranco del Chorrillo, una segunda capa de tragedia, más desgarradora y profunda, formó parte de la historia del barrio durante los siglos XVII y XVIII.
Por aquel entonces, la zona baja de la calle del Sombrerete del Ahorcado descendía hacia el barranco del Chorrillo, un terreno mal iluminado, lleno de socavones y matojos que marcaba el límite entre la ciudad y los descampados periféricos. Su proximidad a la antigua Real Casa de Expósitos, la Inclusa, en la vecina calle Mesón de Paredes convirtió a Sombrerete en un enclave sombrío, ya que el pánico al estigma social y la miseria extrema llevaban a muchas madres desesperadas a deshacerse de sus recién nacidos antes de llegar al umbral del hospicio. Al amanecer, era habitual que los vecinos tropezaran en las esquinas y en los estercoleros con los restos de criaturas envueltas en harapos que no habían logrado sobrevivir a las heladas noches del invierno madrileño.
En un Madrid dominado por la superstición, este drama constante generó un hondo pavor espiritual. La creencia popular sostenía que los recién nacidos fallecidos sin bautizo quedaban atrapados en el limbo, convirtiendo los márgenes de Sombrerete en un terreno profano habitado por ánimas errantes.
Surgió así la leyenda del llanto del Chorrillo. Se decía en las corralas que cuando el viento soplaba con fuerza por la encajonada calle, el rumor en las cornisas se confundía con gemidos y sollozos de lactantes. Para protegerse de las presencias intangibles, los habitantes del barrio se persignaban al paso tras la caída del sol y llegaron a trazar pequeñas cruces con tiza o carbón en las esquinas oscuras para dar descanso a las almitas sin bautizar.
Fosas comunes provisionales y fenómenos paranormales en el subsuelo
Si el abandono de los más indefensos manchó de tristeza la zona, las grandes epidemias que azotaron la Villa de Madrid terminaron de convertir el subsuelo en un terreno maldito. En los peores años de peste, tifus y cólera, el colapso de las parroquias e iglesias obligó a habilitar fosas comunes de urgencia en la vaguada del Chorrillo.
Enterrados con premura, sin las exequias completas y a escasa profundidad en terrenos arcillosos, los cuerpos alimentaron durante generaciones el folclore más oscuro de Lavapiés:
En noches de fuerte humedad, solían verse pequeñas llamaradas o destellos verdosos y azulados flotando a ras de suelo en los puntos donde el desnivel se unía con las antiguas huertas. La ciencia explica hoy el fenómeno de las luces o fuegos fatuos como una combustión espontánea de gases orgánicos, pero para los antiguos madrileños eran los fuegos de las ánimas, almas atrapadas que señalaban el lugar de sus restos olvidados.
Cuando las primeras corralas comenzaron a levantarse sobre aquellos terrenos, los inquilinos de las plantas bajas reportaban golpes secos y rítmicos contra los cimientos durante las madrugadas, desatando la costumbre de dejar una vela encendida o arrojar agua bendita para apaciguar a los espíritus.
Un rincón donde la historia se funde con el misterio
Entre la pica del clérigo ajusticiado en 1595, los lamentos amortiguados en el antiguo barranco del Chorrillo y los ecos ocultos bajo las fosas de las epidemias, la calle del Sombrerete concentra en apenas doscientos metros toda la esencia del Madrid subterráneo y trágico.
Al pasear por ella al atardecer, cuando la luz dorada baña el ladrillo de las corralas y la sombra de las antiguas ruinas de las Escuelas Pías proyecta su silencio, resulta inevitable mirar hacia los aleros superiores y comprobar que el eco de aquel pasado duro y macabro sigue, todavía hoy, flotando en el aire.


