DEL DESAPEGO A LA HORA SAGRADA

Si desarrollas tu propósito creativo enfocado en los plazos, las fechas límites y la meta final, te estás equivocando. En este post te cuento por qué es mejor desapegarte del resultado para centrarte en el buen hacer diario con disciplina, foco y pasión.

REFLEXIONESPROCESO DE ESCRITURA

David Hernández

3/7/20264 min read

En esta semana, no recuerdo el día exacto, mi hijo me enseñó un vídeo en el que un bombero explicaba que, cuando logró aprobar su oposición, para él fue muy importante el desapego del resultado: como tenía muy claro que esa no era su convocatoria, se centró en hacer bien su trabajo cada día y disfrutar del proceso. Entonces, sucedió la magia: no solo aprobó, sino que obtuvo una de las mejores notas de su promoción.

Aquello me hizo reflexionar. Era una lección muy valiosa para los opositores, pero también la podemos extrapolar a todos los proyectos de nuestra vida, también a la escritura. Lo voy a exponer en las próximas líneas del post y me encantaría que a ti, lector, este conocimiento te sirviera como me ha servido a mí.

I. De la ansiedad al desapego

A menudo, cuando nos enfocamos en aquello que queremos conseguir, nos llenamos de ansiedad y caemos en la tentación de tomar atajos para lograrlo. Por poner un ejemplo deportivo con el que estoy familiarizado, cuando nos marcamos el objetivo de correr una media maratón y vemos que se acerca la fecha, muchos corredores tendemos a sobreentrenarnos durante los días previos: como no hemos hecho los rodajes y ejercicios de fuerza necesarios, queremos compensar y añadir más intensidad o kilómetros que lo único que hacen es aumentar nuestra probabilidad de lesionarnos. Además, vivimos en el puro nerviosismo, ¡ay, que no llego a la media!, ¡ay, que ya la tenemos encima!, y ni siquiera disfrutamos con nuestro entrenamiento cotidiano. En esos momentos, se nos aparece esa vocecita interior que nos dice ¿pero, para qué carajo estás haciendo lo que haces? Se supone que practicas este deporte para sentirte mejor, no para estresarte...

Con la escritura sucede lo mismo, con el agravante de que el dicho popular de las prisas no son buenas consejeras, aquí es ley: nada bueno puede surgir cuando se escribe de forma apresurada.

Durante los últimos meses, buscando ser más eficaz, he caído en esta misma piedra. Como aprendí que los escritores debíamos ponernos fechas límite de entrega para evitar la procrastinación, me autoimpuse que mi segundo libro debería estar terminado para antes del próximo verano. Con ello, hice mi propia planificación sobre a qué ritmo debía ir escribiendo mis relatos, y entonces surgieron los inconvenientes: por una parte, una sensación de escribir contrarreloj me estaba impidiendo disfrutar del proceso, y por otra, los propios relatos empezaron a cobran vida propia y a exigir su propia extensión y su propio tiempo.

Por eso, aquel vídeo del bombero fue un despertador para mí. Estaba trabajando de la manera equivocada.

II. Del desapego a la hora sagrada.

Frente a las fechas límite y los plazos inamovibles, es mejor hacer una previsión a largo plazo muy flexible. Esa ya estaba ahí y la mantengo: 7 libros publicados antes de mi jubilación. Como me quedan entre 10 y 15 años de actividad laboral, a libro cada año y medio o dos años, en ese horizonte me muevo. Por supuesto, con la idea de continuar escribiendo después del retiro, que no se le olvide a nadie. Y a mí mismo, menos que a nadie.

Pero, a partir de ahí, lo que en verdad importa es centrarse en día a día. Somos escritores, ¿no? Pues escribamos cada día como si no hubiera un mañana.

Que nadie entienda la falta de sumisión a fechas límite como un acto de indisciplina. Es, más bien, todo lo contrario. Es, precisamente, la disciplina de honrar tu tiempo de escritura cada día como mejor sabes hacerlo lo que te quita la preocupación por el futuro. Que el próximo libro salga para el verano o para la próxima Navidad es irrelevante. Lo importante es que sea el mejor libro que pueda ser. Y eso solo se consigue trabajando día a día. Sin ansiedad y con pasión, con plena conexión con lo que llevamos dentro.

Por eso, para los opositores, y también para los deportistas y los escritores, los objetivos son mejores cuando son por tiempo en vez de por volumen. Es mejor decir voy a estudiar, voy a correr o voy a escribir una hora, con el foco al cien por cien, que decir voy a estudiar el procedimiento administrativo me lleve lo que me lleve, voy a correr 10 kilómetros y ya veré cuándo llego, o voy a escribir esta escena cuando esté inspirado. El resultado final nunca sabemos cuál será, pero lo cierto es que tenemos una hora para hacerlo.

La revolución viene cuando nos desapegamos del resultado y damos paso a la hora sagrada. Esa fracción del tiempo de una hora, o de dos horas, o de tres, o de veinte minutos, en la que entramos en el trabajo profundo, en el estado de flow, en el deep work... en como quieras llamarlo, pero que lo reconoces porque, cuando sucede, sientes que la realidad a tu alrededor parece desaparecer. Protégelo con celo y repítelo día tras día y el resultado llegará cuando tenga que llegar de manera inevitable porque tendrías que rendirte o morirte para que no lo consiguieras, y eso tú y yo sabemos que no es una opción.

III. Síntesis

En definitiva, creo que cualquier ser humano con propósito de vida debe recordar que:

  • Frente a las fechas límite, es mejor la planificación a largo plazo.

  • Frente a la autoimposición de plazos, el pleno aquí y ahora.

  • Frente a la obsesión por la meta, el foco en el trabajo diario.

  • Frente a los objetivos por número de tareas, los objetivos por tiempo efectivo.

  • Frente al mero cumplir etapas, la pasión por lo que hacemos.

  • Frente a la improvisación, la verdadera disciplina en conexión con lo que somos.

¿Resuenan en ti estas ideas? ¿O eres más partidario de los plazos y fechas límite? Cuéntamelo en los comentarios.